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los títulos de propiedad y derecho que se tenía sobre el agua, de esta manera se legalizó la tenencia de ambos recursos. Así pues, comienza a darse un uso determinado al agua, por lo que tuvieron que utilizarse distintas formas para conducir el agua hasta el lugar donde se requiriera y los casos en los que ahí se encontraba; para extraerla, ya que la actividad de la agricultura cobraba fuerza en México y debían de buscar la mejor solución posible para abastecer sus sembradíos. En ese tiempo la obtención del agua en la agricultura tradicional se hacía fundamentalmente por gravedad, mediante trabajos de canalización y nivelación muy intensivos en mano de obra cuya envergadura planteaba la necesidad de abordarlos colectivamente, las chinampas son un claro ejemplo de dichos trabajos, con obras hidráulicas practicadas en el valle de Tehuacán que a la fecha se pueden ver en la presa de Purrón, (Tortolero Villaseñor, 2000). De éste modo, no podríamos dejar de mencionar lo que pasaba en ese entonces con la zona norte de México, que es la que nos compete, la cual por ser una área árida y semiárida el agua no es tan abundante como las zonas centro y sur del país, por lo que el agua era y sigue siendo escasa (Tortolero Villaseñor, 2000). Así, el agua se convirtió en un recurso que dictaba patrones de crecimiento, precipitaba conflictos, influía en las formas de las instituciones gubernamentales y ayudaba a definir la manera tan distinta en la que los grupos sociales y étnicos se relacionaban entre sí.

