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negocios familiares (Brading 1975, 157). Sin embargo, otro requisito indispensable para que el “indiano” tuviera éxito era el haber recibido una buena educación, pues generalmente el familiar que lo acogía en América esperaba que el joven emigrante supiera leer, escribir y contar (Ruiz de Gordejuela 2011, 47-49 y 69). Existen numerosos casos que sirven de ejemplo, para demostrar la influencia de la familia en el proceso migratorio de peninsulares hacia la Nueva España, particularmente la de algún tío. En el grupo de los vascos se puede hacer mención de Manuel de Aldaco, que procedía de la villa de Oyarzu, Guipúzcoa, y al llegar a la Ciudad de México se empleó en los negocios de su tío Francisco Fagoaga Irragori. Posteriormente contrajo matrimonio con su prima Josefa María Fagoaga y Arozqueta. Al fallecer su tío y suegro en 1736, Aldaco se hizo cargo de la administración de sus bienes, entre los cuales estaba el banco de plata de Fagoaga. Con el tiempo, este sobrino emigrante llegaría a ser prior del consulado de México (Del Valle 2007, 976 y 978). Además, tras la muerte de Francisco Fagoaga, Manuel de Aldaco encargó la administración de la casa mercantil a su paisano y protegido Ambrosio de Meave, que posteriormente se convertiría en su amigo, compadre y socio 65 (Brading 1975, 167). Por mencionar una situación similar, pero de la red de montañeses destaca el caso de Francisco de Valdivielso, quien había heredado el banco de plata de Pedro Sánchez de Tagle, su tío y suegro (Del Valle 2007, 976). Por lo tanto, se puede observar que durante gran parte del siglo XVIII los vascos y montañeses no sólo dominaron el comercio en la 65 Los vascos en México y su Colegio de las Vizcaínas. 2006. México: Integración Editorial. Pags. 9, 20 y 22. 99

