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edificios y de gente (Real Academia Española 1852, 242), en donde podemos agregar no existe la imagen de una urbe. Este significado ha venido mutando en las mentalidades de los redactores hasta hacernos ver el pasado sonorense como la zona en donde habita el saguaro y no como la de un espacio casi yermo donde las dinámicas de relación de los actores sociales eran muy diferentes a aquellas donde existía una elevada densidad de población. Lo anterior nos abre la puerta para introducir dos matices. Primero, que para el siglo XIX no podemos hablar de una Sonora deshabitada en su totalidad, y segundo, que no podemos hablar de un paisaje mayoritariamente seco y llano. Desarrollando la primera acotación, Sonora concentraba una baja densidad poblacional, más no se encontraba deshabitada. Para 1850, salvo por el puerto de Guaymas y la capital del estado, Ures, Sonora era un racimo de comarcas recónditas y poco conocidas del noroeste mexicano. Distantes y pobremente comunicados, los pueblos fronterizos eran asentamientos donde la población local había permanecido sorteando una serie de factores que limitaban el desarrollo de los mismos, muchos de éstos anteriores a la independencia de México y heredados del débil control que la Corona española ejerció en la periferia de su imperio. Si queremos reflejar lo anterior en números, en el año de 1790 se estima que Sonora contenía una población de 45 479 individuos en una extensión territorial de 184 934 2 km , con lo que se obtiene una densidad de población de apenas 0.24 habitantes por kilómetro cuadrado, que equivale a un habitante por cada cuatro kilómetros cuadrados. Un siglo después, en 1895, esta población era de 189 158, aumentando a un habitante por kilómetro cuadrado aproximadamente (Medina Bustos 2010, 28-35), lo que deja implícito 25

