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podría decir que si el poder era competido entre redes de paisanaje, entonces las redes de paisanaje dividían, mientras que el parentesco unía. Esto se puede sustentar con el hecho de que algunos capitanes que originalmente no formaban parte de la red de los vascos, ingresaron a ella a través del matrimonio con mujeres de origen vasco. A su vez, la concepción patrimonialista del poder también prevaleció, pues se observa que la práctica de adquirir los nombramientos de capitanes a través de la donación o de la construcción de obras a favor del Rey, estuvo vigente a lo largo del siglo XVIII. Todavía es evidente esta práctica en la última década de esa centuria, con el nombramiento de capitán del presidio de Tucson para José de Zúñiga, tras su colaboración en la construcción de diversas obras en el presidio de San Diego. Por lo tanto, se vuelve claro que en Sonora había tres requisitos que aumentaban las posibilidades de acceder al mando de un presidio. Primeramente, había que ser familiar de un capitán de presidio, o de algún funcionario Real. También podía ser útil el parentesco con algún comerciante capitalino que participara en el abastecimiento de mercancías a los presidios. En segundo lugar, era casi indispensable ser oriundo del País Vasco o de Navarra, o cuando menos descender de gente nacida en esos lugares. Por último, era necesario tener suficiente capital económico y donarlo a favor del Rey. En torno a este último requisito, llama la atención la forma en la cual el dinero circulaba en beneficio de la Corona Española, aun cuando existieran prácticas perniciosas. Esto se ve claramente al tomar en cuenta la idiosincrasia que el patrimonialismo fomentaba. A manera breve se puede señalar que los capitanes u oficiales donaban dinero en beneficio de la construcción de presidios. Sin embargo, es claro que gran parte de ese capital era conseguido a través de prácticas perniciosas en contra de los soldados y probablemente del 196

