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Aunque el 1 de octubre de 1840 el general Gordiano Guzmán en la Aguililla -con

                  apoyo de los comandantes de Apatzingán Antonio Sierra, y de Coalcomán, José María


                  Mata- exigió el cumplimiento del acuerdo en la capital e hizo un llamado a sostener el

                  federalismo; por otra parte, esa fecha en Tamaulipas, Antonio Canales pactó armisticio con


                  el general Isidro Reyes, posteriormente,  el gobierno designaría a Canales coronel del

                  ejército y recaudador de ventas en Nuevo León. Para el día 8, el movimiento de las Villas


                  del Norte llegó a su fin en Camargo, Chihuahua, dónde aceptaron la amnistía por la

                  exposición de la frontera a las “tribus bárbaras” e invasiones extranjeras (Jiménez 1987,

                  Libro III, 196, 200-202).


                         El movimiento de Urrea y Farías fue inusual porque no había precedente de la toma

                  de palacio nacional, un presidente preso y el ataque de las fuerzas del gobierno en las calles


                  con el resultado de civiles heridos o muertos. Desde su planeación, los federalistas contaron

                  con el apoyo local y foráneo de militares, funcionarios, clérigos, oligarcas, comerciantes,


                  algunos de ellos afiliados al Rito Nacional Mexicano, que suministraron de agua, comida y

                  municiones a los “alucinados”, “modelos de barbarie” -cómo se les hizo referencia- durante


                  las acciones bélicas en las  que formaron parte grupos de  voluntarios (muchos de ellos

                  recibieron salario), lo cual incrementó de trescientos a cuatro mil los adeptos del


                  pronunciamiento, aunque no todos tomaron parte activa en los hechos, que arrojaron un

                  saldo estimado de setecientos afectados en el primer cuadro de la capital (Costeloe 1988,

                  245-259).


                         La lectura de los acontecimientos de la capital también revela que Urrea poseía el

                  respaldo de los descontentos con la administración del gobierno pero su intento de unir a


                  los líderes federalistas fue infructuoso. Una vez iniciado el conflicto, los moderados le

                  retiraron su apoyo; este hecho obedecía a  que, primeramente, no coincidían con los


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