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y en las dos épocas que ha corrido la república mexicana sólo ha llegado a
los estados limítrofes, sin haber tocado alguno de nuestros puertos.
Hasta aquí, es necesario abrir un paréntesis para comentar dos aspectos: la percepción
de una aparente “buena salud” y la subestimación de la presencia de enfermedades como la
viruela y el sarampión. Con respecto al primer punto, en el mismo tenor que José de Aguilar,
en sus Noticias estadísticas del estado de Sonora (editadas en 1850) José Francisco Velasco
(1985, 47-51) indica que el temperamento de la entidad es “sano”, lo cual es consecuencia,
“de lo limpio y reseco de su atmósfera; de la resequedad de su suelo, pues no tiene lagunas,
lagos ni pantanos que pudieran exhalar miasmas dañinos”. Esta situación, aunado a la
“diversidad de vientos que lo refrescan y que son constantes y limpios”, señala el referido
autor, “purifican la atmósfera de nuestras pocas poblaciones”.
Velasco, al igual que Aguilar, asegura que “no hay memoria de que haya tenido en
Sonora origen alguna enfermedad epidémica de las que hostilizan a la humanidad”. Además,
esta benignidad en la salud se extendía a las comunidades indígenas, mismas que “no obstante
que viven expuestos a todas las intemperies del tiempo, casi desnudos, mal comidos,
ocupados en trabajos agitados y fuertes y sin auxilio de la medicina, llegan a la misma edad
de los blancos” (J. F. Velasco 1985, 49).
Ambos señalamientos, acerca de la relativa inmunidad de Sonora ante las grandes
epidemias, perderían validez con la aparición del cólera morbus en 1850, lo cual hizo que la
entidad se sumara a las poblaciones afectadas por la segunda pandemia provocada por esta
enfermedad. Es importante anotar que ambas apreciaciones se realizaron, en el caso de
Velasco, entre 1845 y 1850; y en el de Aguilar, la memoria se concluyó el 20 de marzo de
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