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Capítulo I Campo basto de osamenta y lágrimas El norte de Sonora a mediados del siglo XIX era un espacio ocupado por asentamientos de pequeñas dimensiones, como pueblos, haciendas y ranchos habitados por familias extendidas, asentamientos compuestos por una mezcla de indios ex misionales, mexicanos blancos y mestizos, y yaquis trabajadores del campo y la construcción. Al interior de dichos asentamientos las cabezas de familia organizaban las actividades diariamente en razón de los ciclos agrícolas y ganaderos. La siembra y la cosecha, el potrero y las corridas, la destilación del mezcal y el lavado de tierra para la selección del metal eran las actividades cotidianas de la población de estos asentamientos. Dicha vida cotidiana se vio interrumpida por el ataque y las depredaciones cometidas por grupos nómadas de apaches que incursionaron de manera casi continua entre 1835 y 1886 en el espacio conocido hoy como Sonora. Pero en un contexto social más amplio y como elemento de adhesión entre los asentamientos existía un dinamismo subyacente. En el periodo de estudio (1860-1886) se observa una Sonora con una elite local en construcción desde la caída del régimen colonial español en 1821. Esta elite se caracterizaba por tejer una fuerte red de relaciones clientelares y personales tanto en lo político como en lo social, con una base económica diversificada por sus actividades en el campo y la ganadería a través de la posesión de haciendas y ranchos, pero también por su participación en la minería y el comercio. Dichas redes permitieron que los particulares ocuparan simultáneamente cargos militares, políticos, judiciales y administrativos (Ortelli 2011, 497; Trejo Contreras 2012, 33-36). 13
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