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Deseo agradecer también los brillantes y certeros comentarios de Catalina Denman, los devastadores y a veces místicos señalamientos de Armando Haro -quien no perdonó la amistad de años para cuestionarme, o tal v¿¿ por eso-, la claridad de Felipe Mora y Prudenciarlo i'icu eno; > las criticas pero justas obse.-'-í :i•_. ,es de Enrique Ramos, Martín Valen- zuela, Lian Karp, Carlos Zoila y Nuria Homedes quienes, como lectores externos, me hicieron reflexionar sobre la humildad que se requiere como investigador de la realidad social. La oportunidad de la maestría porporcionó un ambiente de amistad, estudio y de ut il i¿«c ion de recursos materiales que hicieron invaluable estos dos años pasados, a riesgo de ser injusto por no distinguir a cada uno, agradezco a los compañeros de la tercera generación de la maestría así como a los docentes y personal de El Colegio su part ic ipac ion. Mención especial requieren Nicolás Pineda y Leopoldo Santos; ambos amigos desde hace muchos años y con quienes, el paso por El Colegio de Sonora, hizo que pudiéramos ampliar a otro momento la amistad de toda la vida. El apoyo material y afectivo de la familia a la que estoy integrado: Graciela, Alberto y Cecilia, así como para mi sorpresa, su comprensión, paciencia y enojos también hicieron posible que éstas páginas pudieran concretarse. Es a ellos, y Sí la memoria de mi padre Mario Santularia Estrada, a quienes dedico este trabajo.

