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Tanto la construcción de las crisis, como las estrategias discursivas para su definición, así
como la respuesta de los líderes políticos e instituciones, definen la manera en la que la crisis
se explota o cómo se utiliza a favor de objetivos personales e institucionales, así como el
proceso de aprendizaje después de las crisis. La teoría de la explotación de la crisis supone
que las crisis se pueden institucionalizar o personalizar. Habrá una lucha de marcos donde
cada grupo buscará posicionar su narrativa como la dominante, y la dinámica entre estos
marcos influirá sobre el juego político de la culpa en la que cada actor implicado decidirá si
acepta la culpa, la niega o ataca al adversario mediante estrategias, tales como la utilización
de excusas o un manejo defensivo cuando la responsabilidad sea demasiado latente.
En este juego los actores que maximizan las crisis deberán decidir si lo que buscan es remover
a los gobernantes o minar su reputación. En este menester pueden caer en manejos
oportunistas que impiden profundizar en las causas de las crisis.
La personalización de la culpa también tiene una implicación en los cambios en las políticas
públicas, pues una institución que no acepte sus fallas no defenderá los cambios, por lo tanto
no habrá un gran avance en el área de la prevención. Dependiendo de la dinámica entre los
grupos que buscan las reformas y los grupos que buscan mantener el statu quo, las políticas
pueden quedar estancadas, conducirse a marcha forzada o realizarse de manera incremental.
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