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de la discusión política; así, la opinión expresada en impresos entraba en competencia

                  directa con la palabra de autoridades e instituciones. Por lo anterior, es posible afirmar que


                  la opinión permitió la expansión del espacio público porque integró amplios sectores de la

                  sociedad a un debate en el que gobernantes y gobernados, contradictoriamente, procuraban


                  consumar un ideal de unanimidad que permitiera el progreso de la novel nación

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                         A través de la impresión y circulación de cartas, noticias, manifiestos, proclamas,

                  protestas, entre otros medios, tanto gobernantes como jefes militares, grupos políticos o


                  particulares se dirigían a la nación, a los estados, a las poblaciones, al pueblo, a las

                  guarniciones y a todos aquellos que pudieran sumarles poder. En estos impresos


                  denominados “papeles públicos”, los contrincantes políticos, identificaban al “enemigo” o a

                  quienes imputaban el malestar social; acto continuo, se les degradaba con planteamientos

                  de índole moral o jurídica para exigir la privación de su libertad, llegando al extremo de


                  proponer “su eliminación” (Landavazo 2001, 107, 118).

                         Los grupos e individuos activos políticamente, recurrían a la propaganda para


                  atraerse el voto de la opinión pública, aunque ésta podía ser una figura impugnable en

                  cuanto a ser sinónimo de imparcialidad. Así lo consideraba José María Luis Mora, quien


                  planteó que durante las etapas  de conflicto no podía hablarse de “imparcialidad” de la

                  opinión pública, dado que los individuos expresaban su verdad, según la posición que


                  tenían en los hechos, lo que lleva a concluir a Palti:





                  240   Para Françoise-Xavier Guerra, ligada a la opinión se encontraba el concepto  de la unanimidad que pretendían las
                  facciones para evitar o provocar confrontaciones. La unanimidad de opinión tuvo sus orígenes en el proceso centralizador
                  absolutista (Palti 2007, 171). En las prensas oficiales o particulares, ciudadanos, políticos, eclesiásticos, militares, entre
                  otros, insertaban columnas de opinión,  con lo  cual se  construía una nueva percepción  general de los hechos. Tales
                  columnas e inserciones se pagaban a los editores, quienes por disposiciones de la ley de imprenta no estaban obligados a
                  revelar el nombre de quienes recurrían al pseudónimo o anonimato (Hernández Fuentes 2010, 131).

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