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En general, todos los entierros con costo fueron menos los de viruela. Si tomamos en
cuenta que el jornal era de 3 reales diarios, el más barato significaba el salario de casi tres
días, pues ocho reales conformaban un peso (Medina y Ramírez 2014, 197). Lo anterior
sugiere que el grueso de los difuntos por viruela eran personas pobres que apenas devengaban
un jornal que les impedía costear el entierro. Un grupo significativo pagó el peso que costaba
el entierro en tercera clase, seguramente sectores de bajo nivel económico, pero con ingresos
superiores al jornal, como podrían ser artesanos con oficio: albañiles, carpinteros, zapateros,
etcétera.
Los sectores de más poder económico deben haber sido los pocos que utilizaron
entierros de segunda y primera clase, por los cuales pagaban dos y tres pesos,
respectivamente, por no mencionar el de bóveda con un costo de 25 pesos. Resalta que de
estos últimos sectores aparezcan únicamente siete entierros de viruela, menos del 3%; en
tanto que entre el total de difuntos, sumaron un poco más del 8%. Estos datos contrastan con
los entierros por cólera de 1851 en Álamos, en donde el 55% pagó 2 pesos 2 reales o más.
Incluso hubo uno que pagó 112 pesos (Medina y Ramírez 2014, 196). Estos datos sugieren
que los grupos de poder económico casi no sufrieron muertes por la viruela, como sí sucedió
con el cólera. Tal planteamiento se refuerza si tomamos en cuenta que los apellidos de las
familias más poderosas o notables están ausentes de las actas de defunción por esta
enfermedad.
En la figura 59 se enlistan las siete personas que fueron enterradas en primera y
segunda clase, de ellas ninguna es reconocible como parte de las élites locales, las cuales en
1910 son enlistadas como hacendados, industriales y comerciantes de Hermosillo (Ulloa
1910, 118-122). De tal manera que los pequeños hijos de los Camou, Monteverde, Gándara,
Cubillas, Aguilar, Araiza, Iñigo, entre otras familias poderosas no aparecen en las actas de
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