Page 162 - RED001120
P. 162

En general, todos los entierros con costo fueron menos los de viruela. Si tomamos en

                  cuenta que el jornal era de 3 reales diarios, el más barato significaba el salario de casi tres


                  días, pues ocho reales conformaban un peso (Medina y Ramírez 2014, 197). Lo anterior

                  sugiere que el grueso de los difuntos por viruela eran personas pobres que apenas devengaban


                  un jornal que les impedía costear el entierro. Un grupo significativo pagó el peso que costaba

                  el entierro en tercera clase, seguramente sectores de bajo nivel económico, pero con ingresos


                  superiores al jornal, como podrían ser artesanos con oficio: albañiles, carpinteros, zapateros,

                  etcétera.

                         Los  sectores  de  más  poder  económico  deben  haber  sido  los  pocos  que utilizaron


                  entierros  de  segunda  y  primera  clase,  por  los  cuales  pagaban  dos  y  tres  pesos,

                  respectivamente, por no mencionar el de bóveda con un costo de 25 pesos. Resalta que de


                  estos últimos sectores aparezcan únicamente siete entierros de viruela, menos del 3%; en

                  tanto que entre el total de difuntos, sumaron un poco más del 8%. Estos datos contrastan con


                  los entierros por cólera de 1851 en Álamos, en donde el 55% pagó 2 pesos 2 reales o más.

                  Incluso hubo uno que pagó 112 pesos (Medina y Ramírez 2014, 196). Estos datos sugieren


                  que los grupos de poder económico casi no sufrieron muertes por la viruela, como sí sucedió

                  con el cólera. Tal planteamiento se refuerza si tomamos en cuenta que los apellidos de las


                  familias  más  poderosas  o  notables  están  ausentes  de  las  actas  de  defunción  por  esta

                  enfermedad.

                         En la figura 59 se enlistan las siete personas  que fueron enterradas en primera  y


                  segunda clase, de ellas ninguna es reconocible como parte de las élites locales, las cuales en

                  1910 son  enlistadas como  hacendados,  industriales  y comerciantes  de Hermosillo  (Ulloa


                  1910, 118-122). De tal manera que los pequeños hijos de los Camou, Monteverde, Gándara,

                  Cubillas, Aguilar, Araiza, Iñigo, entre otras familias poderosas no aparecen en las actas de


                                                                                                       161
   157   158   159   160   161   162   163   164   165   166   167