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214). Acerca de un brote entre 1592 y 1593, citando un testimonio de la época, Sauer (1998,

                  213) rescata el carácter trágico de la epidemia:


                           (…) una muy violenta peste de viruela y sarampión entró a la provincia de
                           Sinaloa,  extendiéndose  de  pueblo  en  pueblo  hasta  que  no  se  escapó
                           ninguno.  Nosotros  veíamos  con  compasión  las  casas  llenas  de  gente
                           enferma, cubiertas de la cabeza a los pies de costras repulsivas. Algunos
                           tenían la piel desprendida de las manos  y pies; todos estaban llenos de
                           sangre  y  materias  corruptas,  desprendiendo  un  olor  pestilente  e
                           insoportable. La gente, ardiendo en fiebre, huía a los campos y ríos para
                           escapar del olor y calor de las casas. Parecía que nunca se había visto cosa
                           más horrible, afligiendo a tantas personas al mismo tiempo. La mortandad
                           fue muy grande y el trabajo de sepultar a los muertos extenuante.


                         En su libro Disease, depopulation and culture change in northwestern New Spain,


                  1518-1764, Daniel T. Reff (1991) recupera las experiencias de las primeras expediciones en

                  el siglo XVI y la introducción de enfermedades infecciosas en el noroeste del actual territorio


                  mexicano. Empleando cálculos generales, Reff (1991, 236) presenta gráficas comparativas

                  de  la  depresión  demográfica  en  la  parte  central  de  la  Nueva  España  y  el  noroeste,


                  específicamente para los grupos yaquis y ópatas durante el periodo1600-1764.

                         Reff apunta las dificultades que enfrentaron los misioneros para el registro de las


                  defunciones, sobre todo en el caso de sarampión y viruela, pues la semejanza de los signos

                  de ambas enfermedades generaba confusión. Además, identifica a la mala nutrición como un


                  catalizador  para  la  propagación  de  enfermedades,  tal  como  años  después  lo  expresarían

                  autores como Enrique Florescano (1986) y Thomas Mckeown (1978). De manera puntual,

                  Reff (1991, 97) señala:


                           Esta confusión e incapacidad para diferenciar las enfermedades refleja el
                           hecho de que, superficialmente, muchas enfermedades se comportan de
                           manera similar. Más importante aún, las epidemias de una sola enfermedad
                           fueron infrecuentes durante el período histórico temprano; circunstancias
                           como  la  desnutrición  favoreció  la  propagación  de  una  enfermedad,  del
                           mismo  modo  que  favoreció  la  propagación  de  otras.  Por  lo  tanto,  era




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