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gobierno nacional. Josefina Zoraida Vásquez señala que en gran medida ese análisis de la

                  inestabilidad política y económica ha utilizado acríticamente reflexiones de Lorenzo de


                  Zavala, José María Luis Mora, Carlos María de Bustamante, Luis Gonzaga Cueva y Lucas

                  Alamán, quienes en diversos momentos se  quejaron del caos político producto de los


                  constantes pronunciamientos. Este último acuñó la frase con la que se identificó a esta

                  época: “Era de las Revoluciones de Santa Anna”, de manera similar Justo Sierra caracterizó


                  la etapa como “caos y dictadura”. Según Vázquez, estas visiones emanan del liberalismo

                  triunfante de fines del siglo XIX y que permanecían vigentes en la historiografía, al

                  momento de escribir su trabajo (1989, 205: 1994, 9-11).


                         Sin embargo, hubo escritores de la primera mitad del siglo XIX, como el aludido

                  José María Luis Mora, que tuvieron una posición ambivalente sobre el pronunciamiento,


                  pues le adjudicó un viso de legitimidad si este contaba con el apoyo de la opinión pública,

                  entendida como la voluntad general del pueblo, en el cual residía la soberanía de la nación


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                  y constituía un acto necesario para remediar los males de la sociedad.



                  2. La práctica del pronunciamiento como expresión de una cultura política en formación

                  La visión historiográfica sobre los pronunciamientos se transforma cuando Antonio Annino


                  y Françoise-Xavier Guerra los concibieron como parte de una cultura política pactista

                  heredada del antiguo régimen hispánico y transformada en una competencia de soberanías


                  por la crisis de la monarquía hispánica de 1808 y los sucesos posteriores: liberalismo

                  gaditano, independencia de Nueva España, instauración de la  república, etc. A partir de


                  entonces es posible observar a los líderes militares no sólo como dictadores desprovistos de


                  16  Mora considera que conspirar es resultado de la ambición de un reducido grupo o asociación secreta que recurre a la
                  demagogia para ejercer el acto de insurrección, que califica de criminal porque busca alterar el orden público para obtener
                  poder político. Advierte que todo movimiento revolucionario atenta las garantías sociales (1994a, 473-485).

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