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Gobierno o con los guerreros de otras tribus, siempre se le veía delante de sus hombres, sin importarle morir; por ello los seris temían perder a su caudillo. En muchas ocasiones el pima convertido en jefe seri, recibió heridas que hubiesen hecho morir a cualquier otro hombre; y en cada ocasión que el gigante llegaba a la aldea ayudado por sus guerreros, Lola lavaba y curaba sus heridas. Después de dos años de la fecha del secuestro, Coyote-Iguana perdió la esperanza de conquistar el corazón de Lola y un día se presentó en el habitáculo de la muchacha, diciéndole: -Mañana, antes salir sol, tú poder volver tu tierra. Dos guerreros acompañarte cerca de Guaymas. Entonces la mujer blanca respondió: -Yo no quiero irme. -¿Por qué?- pregunto el cacique y ella respondió, bajando la vista como lo hacen las mujeres indígenas cuando les habla su hombre: -Porque quiero ser tu mujer. Doña Manuelita Romero viuda de De la Llata, quien murió después de haber cumplido cien años de edad en 1933, era tía de mi padre y vivió hasta el día de su deceso en una casa de la propiedad de él, que estaba ubicada contra esquina de la Catedral de Hermosillo, que fue demolida para construir el Boulevard Miguel Hidalgo y Costilla, era una anciana que poseía una memoria prodigiosa. Por eso en mi niñez siempre procuré acompañar a mi progenitor cuando la visitaba para proveerla de lo que requiere la subsistencia. Los relatos de mi tía-abuela siempre me conmovían o me alegraban; tenía un gran encanto cuando contaba anécdotas, cuentos o viejas historias; "parecía", afirma mi hermana Gloria, "que cuando hacía sus relatos nos llevaba de la mano al lugar de sus personajes, reales o ficticios, y nos hacía sentir las emociones que la embargaban al recordar los sucesos de su niñez y juventud". En tan luenga vida la muy amada viejecita muchas cosas tenía que contar; a ella gustábale relatarlas y a mí me encantaba escucharlas. Un día dijo me la tía Manuelita: -¡Ah! Si tú hubieras visto como yo a Lolita Casanova, la muchacha que se llevó un jefe seri, habrías pensado que tenías enfrente a un ángel vestido de mujer. Yo la conocí porque... ¿sabes? Mi papá también era español y un día que fuimos a Guaymas visitamos a la familia Casanova. La anciana estuvo un rato pensativa, como hurgando en el arcón de los recuerdos. Enseguida continuó, con la vista fija en el techo de la habitación, como si estuviese pensando en voz alta: -De esto hace ... hace casi ochenta años ... ¡Pero parece que la estoy viendo en este momento! La tía volvió a permanecer en silencio y noté en su rostro que lloraba interiormente; pues dicen que los viejos no tienen lágrimas porque ya derramaron todas. Y yo sentí un nudo en la garganta cuando siguió con su relato. 241

