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Vuelta en sí, despavorida, se vio en los brazos de Coyote Iguana. Y es aquí donde entra la ficción a toda vela, poniendo en labios del selvático guerrero una declaración amorosa de hombre civilizado, con sus rasgos de poeta. La verdad, seguramente, es otra: la hermosura de la presa inflamó la sensualidad del reyezuelo, y a la cabeza de la hueste vencedora de los blancos, la llevó consigo, a lo largo de la costa hermosillense hasta el angosto estrecho de el infiernillo, y de allí, en balsa o en canoa, a la Isla de Tiburón, asiento de su mísero reinado, donde la hizo madre de los que habrían de ser, corriendo el tiempo, y a su muerte, herederos de su hipotética corona: Coyote Iguana II y Coyote Iguana III. En la isla, entre salvajes desgreñados, sucios perezosos que vivían en asquerosa promiscuidad con las mujeres, que se perforaban orejas y narices de las que colgaban piedras y conchas de colores; que lloraban a sus muertos, con aullidos pavorosos, ellos en el día y ellas en la noche; saciando el hambre con carne cruda de pescado o de caguama; aprendida la pobrísima lengua de la tribu (Mok-ha ven acá; Photolx, tengo miedo; Apton xokam, ya me llenó) Lola Casanova se fue despojando día tras día de sus costumbres ciudadanas para convertirse en hija de la selva isleña, entre rocas, sahuaros y mezquites. Tostadas por el sol, la blancura de sus carnes adquirió tinte cobrizo; el endurecimiento de las plantas de los pies la volvió inmune al escozor producido por espinas y pedruscos; los tatuajes pusieron garabatos en su cara y los trajes elegantes que llevaba en Guaymas fueron sustituidos por andrajos y prendas rústicas hechas de plumas de alcatraz. Cuéntase que un día viéronla en la isla o en la costa personas de este puerto que la excitaron a volver a él; pero que ella, avergonzada de su triste condición o detenida allí por el cariño que le ataba a los vástagos que le dio Coyote Iguana, terminantemente rehusó la indicación, y allí murió, y allí su cadáver se pudrió bajo las ramas espinosas que sobre él echaron, pues los seris no enterraban sus muertos. Sobre la futura vida se sus padres, que se quedaron llorando su infortunio, ha caído un velo impenetrable de silencio y misterio. Tomado de Alfonso Iberri Las viejas casonas de Guaymas, 1982 238
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