Page 240 - ::El Colegio de Sonora :: Repositorio Documental ::
P. 240
El vehículo y los guardias iban a regular velocidad, "Los tres troncos de robustas bestias", decía el auriga, "pueden hacer volar la diligencia". Pero no podían ir más aprisa; tenían que caminar al paso de los otros carros que formaban una fila, pues muchos viajantes aprovecharon la guardia para hacer tan peligrosa travesía. En su libro, el periodista Federico García Alva, dice: "Al llegar el convoy a un punto conocido como La Palmita, los seris lo atacaron y después de un reñido combate los indígenas vencieron. Algunos carreros murieron, otros lograron huir, y desmayada en uno de los carros quedó la infeliz Lola Casanova. El jefe de los seris, un individuo de elevada estatura y atlética musculación (sic), tomó en sus brazos la bella prenda y huyó con ella por valles y montañas y al reposarla suavemente en la dura peña se constituyó su guardián y ansioso esperó hasta que la joven volvió en sí. Lola al abrir sus ojos y mirarse junto a aquel tostado guerrero, primero quedó como petrificada y después pretendió huir, pero el indio cogiéndola por la ropa cayó de rodillas a sus pies y le dijo en claro español: que no temiera de él nada, ni huyera, que él, aunque jefe de la tribu, no era seri sino pima y muy joven en un combate había caído en poder de los seris, a quienes a través de los años había logrado dominar por su valor y su destreza, que a ella la adoraba y que la haría reina de la tribu. "La infeliz Lola estaba perdida e indudablemente no por amor, pero sucumbió a la feroz pasión de aquel temible salvaje que, librando heroicos combates con los principales cabecillas de la tribu que se opusieron al advenimiento de esa reina, al fin la impuso". El señor García Alva incurre en un error en lo que asevera en el último párrafo trascrito, porque los indígenas de Sonora, como sucede hasta la fecha, siempre han respetado a las mujeres de sus congéneres de la misma tribu, aún cuando aquéllas sean de otras razas. Dice la leyenda -¿o historia, quizá?- que Coyote-Iguana, el cacique que secuestró a la muchacha blanca, era un individuo de una estatura de más de un metro con noventa centímetros, lo que era muy común entre los antiguos seris, los más altos de los nativos de América, y que tenía una musculatura que le hacía invencible en el combate de cuerpo a cuerpo. Cuentan también que el cabecilla seri se prendó tanto de Lola, que la llevó a su aldea y no queriendo tenerla prisionera le construyó su propia vivienda. El indígena sabía que la muchacha no podía huir por no saber en qué lugar se encontraba la comunidad seri. Además ha llegado a saberse hasta nuestros días transmitido de boca en boca, que Coyote-Iguana durante mucho tiempo respetó la integridad de la joven y que por las noches iba hasta la morada de ella a cantar en su dialecto canciones de amor, que se escuchaban por toda la aldea. Lola, por ser joven, pronto aprendió el dialecto seri y las costumbres de la tribu, empezando a hacer vida común entre las mujeres solteras. Mientras tanto, Coyote- Iguana, perdidamente enamorado de la muchacha, en los combates con las tropas del 240

