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Anexo 8 El secuestro de Lola Casanova ¿Historia o Leyenda? Por: Gilberto Escoboza, Instituto Sonorense de Cultura. 2000. http://www.iesa.gob.mx/revista/15/articulo8.htm El año 1854 estuvo preñado de aconteceres en nuestra patria, que pasarían los linderos del tiempo de ese siglo y se divulgarían por América y Europa. El Plan de Ayutla firmado y realizado por don Juan Álvarez y don Ignacio Comonfort, tenía a los hombres con las armas en la mano y Santa Anna, el Nerón mexicano, en oníricas vivencias preveía el ocaso de los liberales. Y lo que sucedía en Guerrero y Michoacán, en forma muy importante afectaba a Sonora; aquí también los hombres sacaban las uñas como fieras, por el centralismo o por el federalismo, por el santanismo o por la evolución social. Sin embargo, son dos los acontecimientos de esa época que mucho después de un siglo permanecen en el recuerdo de los sonorenses. Uno de ellos es una épica hazaña que aún después de tanto tiempo, aún parece que escuchamos los redobles de los tambores y el toque de los clarines interrumpidos por el tronar de los cañones y los disparos de la fusilería: la batalla que otorgaría laureles de victoria al Puerto de Guaymas. El otro reviste caracteres de tragedia y tintes de romanticismo: el secuestro de Dolores Casanova -Lola Casanova como pasaría a figurar en los libros de la historia y de la leyenda-. Lola Casanova era una joven de dieciocho años, bellísima, según afirmaron quienes la conocieron. Era hija de españoles residentes de la comunidad guaymense. El padre, un rico comerciante, estaba orgulloso de aquel portento de mujer: ojos verdes como las aguas de la bahía, cabellera dorada como espiga de trigo maduro, la piel blanca y en su rostro dos chapetas como rosas de Jericó. Era la Dulcinea de los jóvenes más apuestos del lugar. Pero el viejo Casanova tenía ya planes para casar a su unigénita con un rico peninsular que residía en el mismo puerto. Un hermano del señor Casanova que vivía con su familia en Hermosillo, en varias ocasiones invitó a su sobrina a que fuese a pasar una temporada en su hogar, al lado de sus hijas también adolescentes; la insistencia tuvo su fruto cuando el padre de Dolores accedió a que su hija pasara sus vacaciones en casa de las primas. En ese tiempo los seris andaban perpetrando depredaciones en los lugares cercanos a la costa, desde Guaymas hasta las playas de Altar; por ello las diligencias que daban servicio a los viajeros del Puerto a la antigua Villa del Pitic, eran protegidos por una numerosa escolta de dragones. Así lo dispuso el General José María Yáñez. Doloritas, como la llamaba su padre, salió de Guaymas la mañana del 2 de abril. Aún hacía frío y los quince dragones que escoltaban la diligencia llevaban puestos sus chaquetones. Era una guardia especial que las autoridades militares concedieron a tan distinguida joven. Lola no sólo iba protegida por la tropa y varios viajeros; también iba con ella su madrina. 239
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