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“padrinazgo”, y por lo tanto también el compadrazgo, era considerado como “parentesco espiritual”, pues entre sus funciones “reforzaba el parentesco natural” (Imízcoz 1996, 31). Además, en el comercio, el compadrazgo podía ser utilizado para resolver las diversas controversias que surgieran. Como ejemplo está el caso del almacenero vizcaíno Juan de Castañiza y su sobrino Antonio Bassoco. El primero hizo venir a la Ciudad de México al segundo para que se hiciera cargo de sus negocios. Sin embargo, para prevenir posibles conflictos en un futuro, y evitar llevarlos a litigio, ambos decidieron que en caso de existir alguna “discordancia” entre ellos, “se someterían al arbitraje de los compadres vascos de Castañiza, [los cuales eran] Ambrosio de Meave y Manuel de Aldaco” (Brading 1975, 172-173). Otro ejemplo referente a la función del compadrazgo, pero entre los oficiales o capitanes de presidios, es presentado con el caso de Agustín de Vildósola y Pedro Felipe de Anza, ambos compadres del capitán Juan Bautista de Anza Sasoeta. Después del fallecimiento de Juan Bautista, Pedro Felipe vivió unos años en el presidio del Pitic, y estuvo asociado con Agustín. En consecuencia, es lógico suponer que la relación de negocios entre ellos haya sido fortalecida por la relación de compadrazgo que ambos habían tenido con Anza. Con el tiempo, Pedro Felipe emigraría a la Ciudad de México y se asociaría con un minero de origen vasco, llamado José de Laborda, que era considerado “el hombre más rico de México” (Garate 2003, 208). La relación entre Pedro Felipe y su ahijado Juan Bautista de Anza Becerra Nieto sería crucial, pues existe la posibilidad de que el primero ayudara al segundo a financiar parte de su primera expedición a California en 1774 (Garate 1995, 71-89). 108

