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disfrazada a través de meras donaciones. Como ejemplo de este tipo de práctica se puede mencionar el caso de Santiago Ruiz de Ael, capitán de Terrenate, pues se cree que por su nombramiento pagó 13,000 pesos (Hausberger 2007, 760). Otros casos similares son los de Gabriel Antonio de Vildósola y Bernardo de Urrea. A Vildósola el puesto de capitán del presidio de Fronteras parece haberle costado, pues lo obtuvo como recompensa por haber dirigido a un grupo de ocho hombres en varios encuentros contra indígenas sublevados. Cuatro de los ocho reclutas fueron financiados por él mismo (Medina 2008. 189). Incluso existe la posibilidad de que el dinero que utilizó Gabriel de Vildósola para mantener a su pequeña tropa, haya procedido de Agustín de Vildósola. Esto se infiere debido a que Agustín atribuía a sus propios “empeños”, la promoción a capitán de su pariente Gabriel Antonio (Hausberger 2007, 761). Por su parte, Bernardo de Urrea aparentemente consiguió el nombramiento de capitán del presidio de Altar, tras haber participado en la represión de levantamientos seris y pimas altos, a su “costa y mención” (Medina 2008, 189). En cuanto al soldado de cuera, cabe aclarar que aunque este empleo no estaba a la venta, sí se observa el patrimonialismo dentro de este oficio militar, pues para cumplir con sus funciones, cada soldado presidial debía cubrir con su propio sueldo “su alimento, su ropa y su equipo de guerra”. Además debía “pagar por los seis caballos que [estaba obligado a mantener y que [usaba] en su servicio” (Pfefferkorn 1983, 160). Por otra parte, el patrimonialismo dentro de los presidios en Sonora conlleva inevitablemente a la formulación de las siguientes interrogantes: ¿Por qué los capitanes pagaban por sus nombramientos? ¿Qué interés podía haber detrás de éste tipo de prácticas? Ambas preguntas pueden ser contestadas con una misma respuesta. La posición de mando 112

