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Como resultado de estas pretensiones de superioridad, los vascos obtuvieron la “hidalguía universal” (Ibid, 86). Este privilegio, otorgaba a los habitantes del territorio vascongado la posibilidad de poseer tierras y vivir en donde quisieran (Garate 2003, 11). No obstante, al tratarse de un privilegio generalizado, la hidalguía de los vascos no jerarquizaba a su sociedad, aunque sí les “servía como elemento distintivo hacia el mundo exterior” (Hausberger 2011, 86). También cabe mencionar que no era equiparable a la hidalguía castellana, pues los vascos aun siendo hidalgos podían ejercer distintos oficios y dedicarse a los negocios, mientras que para los hidalgos castellanos esto no era permitido (Ibid). Por otra parte, la hidalguía general de los vascos modificó la forma en que ellos escribían sus nombres, pues acostumbraban colocar una “de” en castellano, antes de sus apellidos (Garate 2003, 11). Esta característica permite identificar a simple vista a los personajes vascos que se establecieron en América. También permite diferenciar a los vascos criollos que estaban conscientes de su etnicidad, de los que no lo estaban, pues como señala Donald Garate, las primeras dos o tres generaciones de vascos asentados en la Nueva España agregaban la “de” a sus apellidos, mientras que las generaciones posteriores la omitían. (Garate 1993, 85). La etnicidad y el lenguaje de los montañeses como base de su nobleza. En cuanto al grupo denominado los montañeses cabe señalar que Antonio Duplá y Donald T. Garate lo definen como “los castellanos de Santander y Burgos” (Duplá 1992, 75; Garate 1995, 74). Sin embargo, esta designación parece ser algo imprecisa, pues José Ortega Valcárcel puntualiza que los montañeses eran originarios de “una gran comarca o 74
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