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3. El pronunciamiento como parte de una cultura política en formación
El primer pronunciamiento en la historia política española se registró en 1820, cuando con
el apoyo de la población, un grupo militar organizó en Madrid una insurrección que obligó
al rey a jurar la reinstauración de la constitución gaditana de 1812 (Cepeda 1999, 7-17,72).
De manera similar, el paso definitivo para alcanzar la independencia novohispana se dio en
1821 a partir también de un pronunciamiento; ya en el México independiente se inició una
etapa de agitada vida política, que conllevó cambios de forma de gobierno y el
fortalecimiento de los poderes locales y provinciales (Anna 1991, 16, 24, 74), todo ello con
el pronunciamiento como una práctica omnipresente.
El pronunciamiento como fenómeno propio de la vida pública del siglo XIX, tiene
antecedentes de la vida política hispana que hay que tener en cuenta para comprender esta
práctica. En el siglo XVI se localizan antecedentes de la noción de lo que era un
pronunciamiento; si bien el término como tal no existía, palabras como asonada,
confabular, complot, conspiración, alboroto, hacían referencia al movimiento, a las
tendencias de rebeldía, que derivaban en la injuria y desobedecimiento de la ley, el
escándalo y la corrupción de las costumbres; y, por ende, en la alteración de la tranquilidad,
hechos que se concretizaban en acciones de fuerza que podría implicar violencia como el
motín, y que también se expresaban en el glosario de la primera mitad del siglo XIX con los
términos de turba, sedición, rebelión, levantamiento y alzamiento; en el que tomaban parte
la facción, bando, partido, caudillo, así como los cómplices, revoltosos, rebeldes, alzados,
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amotinados y revolucionarios.
13 Véase (DA 2000, Vol. I, 172, 254-256, 294; Vol. II, 390, 618-619; Vol. III, 506-508, 614 passim; Escriche, 1863, 117,
150,166, 295, 298, 472, 474, 627, 699, 727, 821, 1166, 1264, 1414, 1456 passim).
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