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efectivo pese a la dificultad que implicaba su aplicación. Chantal Cramaussel (2010, 13)
señala que, debido a la posibilidad de que este método provocara un brote epidémico, fue
aplicado con “mucho recelo” en la Nueva España.
Dada su naturaleza y etiología, la enfermedad fue difícil de suprimir, aun contando
con un método preventivo a través de la vacunación desde 1804, para el caso novohispano.
Esta condición de la viruela la convierte en caso excepcional, pues enfermedades como el
sarampión, el cólera y la fiebre amarilla eran enfrentadas sin el conocimiento de mecanismos
efectivos para prevenirlas. No obstante, transcurrieron 148 años entre la llegada de la vacuna
a la Nueva España y su declaratoria de erradicación, situación que invita a reflexionar acerca
de la relación existente entre los hallazgos médicos y su impacto en el control de los
problemas de salud.
A pesar de que los datos disponibles para los siglos XVI y XVII no permiten
cuantificar con exactitud el papel que desempeñó la viruela en el catastrófico descenso
poblacional en la Nueva España, es innegable su impacto en esta primera etapa de conquista
y colonización (Cramaussel 2010, 11). Además, de todas las enfermedades que mermaron la
población en la época colonial, la viruela fue la que más perduró como problema de salud
pública hasta el siglo XIX (Cramaussel 2008, 101-102). Las investigaciones realizadas en
casos concretos como el estado de Chihuahua permiten indicar que durante el siglo XIX la
viruela pasó de ser epidémica y generalizada a ser una enfermedad endémica y concentrada
en la población infantil (Cramaussel 2010a, 99, 2008, 128), es decir, paulatinamente
abandonó su carácter extraordinario, para convertirse en una enfermedad reincidente durante
toda la centuria.
En el campo de la historia, los problemas relacionados con la salud, las enfermedades
y su atención, han sido estudiados desde tres enfoques: demográfico, social y cultural. La
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