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modelo demográfico moderno. Sobre todo, porque muestra que la tendencia a la baja
mortalidad de enfermedades como la viruela, observada desde la primera mitad del siglo
XIX, podía verse rota, aunque fuera coyunturalmente, por la conjunción de factores diversos.
En 1869, la TBM alcanzó niveles altos similares al cólera de 1833 en lugares apartados
y al cólera de 1850 en poblaciones grandes. En esta alta mortalidad tuvo que ver la presencia
de fenómenos climáticos que causaron inundaciones y un incremento sustancial de las
llamadas “fiebres”. También influyó la escasa efectividad de la vacunación, tanto porque no
era sistemática como porque el “pus vacuno” que llegaba a destiempo a los lugares lejanos
podía ser de mala calidad.
Si bien existen indicios de que cuando se aplicaba bien la vacuna se reducía
sensiblemente la mortalidad, al parecer estos casos eran la excepción, pues no se lograba
vacunar a la mayoría de los niños expuestos, como lo confirma que los nacidos después de
la última epidemia, hacía siete años, conformaron la inmensa mayoría de los difuntos por
viruela.
Por otra parte, los datos muestran que la viruela no llevó a la tumba a miembros de
las familias acomodadas de Hermosillo, como sí había sucedido con el cólera de 1850-1851,
lo que contribuyó a su “invisibilidad”. Esta situación sugiere que la vacuna se aplicaba mejor
en estos sectores y que sus condiciones de vida les permitían sortear la enfermedad. De tal
manera que fueron los sectores menos favorecidos los que incrementaron la estadística de
mortalidad por viruela.
La cadena de fechas que brinda el dato del primer y último difunto por viruela,
muestra que las áreas centrales del país, seguían siendo los lugares donde primeramente el
virus podía ocasionar epidemias y desde ahí expandirse hacia el resto del territorio nacional.
De igual manera, ya en el caso de Sonora, el contagio seguía las vías de comunicación. Lo
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