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julio, al realizar el llamado “corte del trigo” y preparar los terrenos para la siembre de maíz.

                  La fiebre paludeana, refiere el doctor Pesqueira, “muy raras veces se muestra en sus formas


                  perniciosas” y era una enfermedad ligada al ámbito rural más que a las ciudades. Las actas

                  de  defunción  refieren  frecuentemente  a  la  “fiebre”  como  causa  de  muerte  de


                  aproximadamente uno de cada tres casos. Paradójicamente, pese a la magnitud del problema,

                  las acciones se dirigían hacia otras enfermedades.


                         La  epidemia  de  viruela  de  1875-1877  sorprendió  a  la  población  y  al  gobierno

                  sonorense. A pesar de su cercanía con el brote predecesor (1869-1870), la comunicación

                  entre las autoridades responsables de su atención evidenció la falta del preservativo en las


                  distintas municipalidades. Se implementaron acciones sanitarias apegadas a la legislación,

                  como las tareas que debían cumplir prefecturas y ayuntamientos en torno a la vigilancia para


                  la aplicación del pus vacuno.

                         A pesar de la emergencia, no se tuvo noticia de acciones extraordinarias o correctivas.


                  Se  refirió,  en  la  mencionada  circular  de  1876,  el  envío  del  preservativo,  pero  no  se

                  proporcionaron datos acerca de la cantidad de menores vacunados y todavía en 1878 se anotó


                  la escasez de pus y la necesidad de traerlo desde San Francisco, California. Por esto, es

                  probable que ocurriera lo que señaló el doctor Pesqueira, que las acciones sanitarias fuesen


                  mínimas y que el control de la enfermedad se diera gracias a su evolución natural y no como

                  consecuencia de una serie de medidas implementadas para su control.

                         Sin embargo, luego de este brote epidémico se notó mayor actividad o por lo menos


                  existen evidencias documentales relacionadas con las preocupaciones y acciones sanitarias

                  en torno a la viruela. A mediados de 1880, por ejemplo, sin tener noticias de alguna epidemia


                  en  los  estados  vecinos,  se  informó  del  nombramiento  de  un  par  de  vacunadores  para  el

                  municipio de Hermosillo. Jesús María Ávila y Manuel Márquez reportaron haber vacunado


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