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118 gobierno “real” y “tiránico” como prefacio a su afirmación de que, mientras que la tiranía es la peor forma de gobierno, la monarquía hereditaria es la mejor (Skinner 1993, 1:75). De esta forma, Santo Tomás había establecido en la Suma teológica que, aún cuando el consentimiento del pueblo es esencial para establecer una sociedad política legítima, el acto de instituir a un gobernante siempre obliga a los ciudadanos a alienar –y no sólo delegar- su original autoridad soberana. Tanto Marsilio como Bartolo defienden el caso contrario. Marsilio insiste en que “todo el cuerpo de ciudadanos” sigue siendo en todo momento el legislador soberano, “sin que importe si hace la ley directamente por sí mismo o si la encarga a cierta persona o personas” (Skinner 1993, 1:84). La teoría de la soberanía popular desarrollada por Marsilio y Bartolo estaba destinada, según Skinner, a desempeñar un papel importante al formular la cuestión más radical del temprano constitucionalismo moderno. De esta manera, Skinner hace ver, a través del contexto y los discursos dominantes, las propuestas revolucionarias que trascenderán como teoría debido a las nuevas formas en que conciben la política, y a los métodos diferentes que defienden para alcanzar determinado ideal. Además de ejercer esta influencia a largo plazo, las teorías de Marsilio y de Bartolo también tuvieron una inmediata importancia ideológica en las ciudades-repúblicas italianas de su propia época. Para Skinner, no sólo constituyeron la defensa más completa y sistemática de la libertad republicana contra el avance de los déspotas; también establecieron un ingenioso modo de argumentar contra los apologistas de la tiranía, en sus propios términos (Skinner 1993, 1:87).
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