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123 positivista y marxista ortodoxo, no podían observarse. Como es visible, Maquiavelo no está fundamentando un Estado absolutista ni tampoco está sentando bases para un Estado burgués, sino escribe para su época, para la conservación del príncipe y de su “estado”, es decir, del territorio de las ciudades, pues no existía un príncipe para toda Italia, y lo hace con argumentos críticos y revolucionarios de su época. Maquiavelo provoca así una gran ruptura en la forma de concebir al hombre y, sobre todo, en la manera de actuar de los hombres en política. Sus cuestionamientos acerca de la moral cristiana y el revisionismo que hace de prácticas históricas “no virtuosas” le permiten a Maquiavelo establecer un lenguaje crudo pero que no deja de ser humanista, de hecho, quizás es radicalmente humanista, olvidando todo método y comportamiento religioso que aplicaban sus contemporáneos. Maquiavelo también adopta el mismo análisis del término “libertad” que le habían dado los anteriores humanistas florentinos. Por “libertad” entiende ante todo la independencia de toda agresión y tiranía exteriores (Skinner 1993, 1:183). Esto hace que sea un tanto engañoso sugerir, como lo han hecho Cassirer y otros, según Skinner, que Maquiavelo no es más que “un científico y técnico de la vida política” que desapasionadamente analiza y clasifica sus diversas formas. En realidad, para Skinner, Maquiavelo es un fiel y hasta ferviente partidario del gobierno popular. Cierto es que concede que “si ha de producirse un renacimiento” en “un Estado que está en decadencia”, tendrá que ser hecho “por la virtú de alguna persona que por entonces viva, no por la virtú del pueblo en general” (Skinner 1993, 1:184).

