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Fray Antonio Barbastro, en su informe de 1793, conciente de que la educación representaba la mejor muestra de civilización y el mecanismo ideal para evangelizar y alejar las creencias “heréticas” de los indios, reconoció su talento, mencionando la nula capacidad de que los misioneros y funcionarios de gobierno no cumplían con las ordenes del Rey de establecer escuelas en los pueblos para educar a los indios, haciendo hincapié que la mayoría de la gente, tienen desconfianza y temor de que los indios aprendan a leer y a escribir. Al respecto el padre Barbastro expresa Que no conviene enseñarles letras a los indios, que los que han aprendido son los peores, y otras expresiones más irracionales. Quieren esta especie de gentes que el indio sea bruto, para poderlo cargar a su satisfacción. Ninguno sale del vientre de su madre enseñado, de nuestra cosecha sólo tenemos la ignorancia. Si los indios no saben es porque no les enseñan. Sino hay en todos los pueblos, es porque no se quieren dar las providencias correspondientes…si el indio no sabe leer, escribir, contar, gramática etc., no es por falta 256 de talento, si es por falta de maestro […] Entre las costumbres que tenían los indios gentiles y aún los que radicaban en las misiones, algunas tenían que ver con las enseñadas por los padres misioneros como el trabajo de la lana, que la tejían en telares, haciendo frasadas que ayudaban a cubrir a los más desvalidos como ancianos y niños. Igualmente, del algodón fabricaban unas mantas de regular tamaño que parecían sábanas y utilizaban en forma de costal para cargar sus pertenencias. Las mujeres manufacturaban una especie de cestos, que en las casas tenían diferentes usos. Al parecer, se trata de las llamadas coritas, que tejían con varas y fibras de plantas de la región, que vendían a peso o a dos dependiendo del tamaño. Tejían también una especie de cintas que usaban para amarrarse el cabello y otras de mayor tamaño que les servían de fajas. Eran diestros en las técnicas de ablandar los cueros de los animales que cazaban, como el burro y el venado. Los diferentes productos manufactura2 les permitían hacerse de vacas o caballos al comerciar con los españoles. 257 Otra costumbre que tenían los hombres, según el padre Pfefferkorn, era el gusto por tener de a dos mujeres pero que las abandonaban luego con demasiada facilidad. Las mujeres en general tenían la costumbre de vestir con prendas de gamuza de venado que ellas mismas confeccionaban. Por otra parte, los misioneros no dejaban de admirarse de la fortaleza 256 Gómez, 87. 257 Ibíd., 63.

