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templo, el altar se cubría con cortinas de luto, mientras que en el centro se erigía un altar funerario circundado por velas encendidas. Al frente de este altar, sobre el suelo se tendía un petate de palma, en el que los indios depositaban las ofrendas deseando el buen descanso de sus difuntos. Las ofrendas consistían en frijol, chícharos, maíz, pinole, pozole, tortillas entre otras cosas, que después el misionero repartía entre la gente necesitada de la misión. 245 Asistían a los oficios de semana santa, estaciones, calvarios y monumentos, salen muchos con las procesiones con disciplinas de sangre, y las mujeres aunque en esas funciones se visten la mejor ropa que tienen, compensan esta gala con ir todas con coronas de espinas y cruces en las manos[…] los hombres son muy aficionados a la música y pintura y tocan con destreza todos los instrumentos y la iglesias las pintan con gran curiosidad […] les gustan las ceremonias eclesiásticas que tienen algo de exterior, como las ramas, la ceniza y mucho más del lavatorio de pies, el jueves santo por lo que tiene de interés en la comida y 246 vestido que les dan los padres […]. Por lo que reseña el padre Pfefferkorn, los indios acudían a las peregrinaciones en compañía de sus familiares guardando un gran respeto por las representaciones del Vía crucis, manteniendo un orden sustentado en la adoración a Cristo. La fiesta que los indios más disfrutaban en los pueblos de misión era la dedicada al santo patrono de la iglesia, los gastos generados en la decoración y ornamentación de los mismos no importaban con tal de que la iglesia luciera lo más elegante posible, para causar admiración entre la gentilidad y orgullo entre los hijos de misión. Aunque las iglesias eran de adobe estas se decoraban con altares, imágenes, pinturas y demás adornos. En los días de fiesta, prácticamente en todas las misiones se utilizaron ornamentos de plata martillada o dorada, ni qué decir de los vestuarios usados por los padres que se presentaban ostentosos luciéndolos ricamente ataviados con tejidos de oro y plata, así como de finos encajes. En lo que respecta al uso de la cera, aunque costosa, durante la celebración no se escatimaba en lo más mínimo. 247 245 Ibíd., 141. 246 Flavio Molina Molina, Estado de la Provincia de Sonora 1730, informe anónimo atribuido al misionero jesuita Bartolomé castaño, por Ronal L. Ives, (Hermosillo: Edición y estudio de Flavio Molina Molina, 1979), 14-15. 247 Pfefferkorn, 142-143.

