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En el caso de las narrativas que hablan del rapto de Dolores Casanova, pueden observarse actos tales como el rapto y el pillaje, por parte de los seris y las decisiones tomadas por las autoridades de Sonora; esos actos son apoyados por argumentos que en muchos casos son subjetivos tales como: Se pone precio a la cabeza de cada seri muerto porque con ello disminuirá el pillaje; todo lo que tiene que ver con los indios disidentes es “lo malo”; lo que “no debe ser” versus lo que “debe ser”. En todas las narrativas revisadas para este trabajo, la constante es el etnocentrismo, ya que las fuentes escritas están elaboradas por personas no indígenas y para personas no indígenas, de ahí que el significado de este corpus remita al discurso oficial. Como ya se ha indicado no se trata de ver a uno y a otro grupo como víctimas o como vencedores, la dialéctica ataque- defensa es aplicada, en esta frontera de guerra, tanto por los indios como por la nueva sociedad que habita Sonora. El relato del rapto de Lola Casanova que concretiza Fortunato Hernández, con sus recreaciones posteriores en las leyendas de García y Alva 1906; Eduardo W. Villa 1937; de Enriqueta de Parodi 1960; de Horacio Sobarzo 1981; la que publica Gilda Rocha en 1993 y es tomada de Las viejas casonas de Guaymas escrita por Alfonso Iberri, de Gilberto Escoboza 2000; forman un cuerpo discursivo que permite observar más de cada momento en que se recrea el suceso, que de la época del evento mismo. Así, mientras que Hernández le da gran peso a los valores sociales y hace gala del discurso occidental para idealizar la figura del indígena; García y Alva dice que Lola sucumbe ante la pasión -como valor negativo- y plantea una división entre lo bueno, donde se encuentra todo lo relacionado con la sociedad no indígena, y lo malo, lo que pertenece a la sociedad indígena, incluyendo a Lola luego de vivir con los seris, el autor termina su leyenda con una moraleja donde se pregunta si Lola se queda para evitar la “humillación pública”, “la murmuración”, “el desprecio”; Eduardo W. Villa enmarca la leyenda en su descripción de los seris y confirma de manera explícita, su intención al escribir el relato, dice 216
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