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Lola Casanova pertenecía a una familia sonorense, medianamente acomodada; era hija de un español establecido en Guaymas, y tenía diez y ocho (sic) años cuando hizo un viaje a Hermosillo acompañada de algunos parientes y escoltada por carreros que conducían algunos carros cargados de mercancías. En el punto llamado La Palmita, el convoy fue atacado por los seris y tras reñido combate los indios quedaron vencedores. Lola no recordaba sino confusamente las peripecias de la batalla; cree que se desmayó y cuando recobró el conocimiento se encontró en brazos de un salvaje y muy lejos de los suyos. Aterrorizada trató de huir; pero entonces vio con asombro que aquel guerrero seri caía de rodillas a sus pies y en bastante buen castellano le suplicaba que no le abandonara. ‘Soy, le dijo, el Jefe de la Nación Seri, cautivo de la tribu desde muy joven; mis padres que eran pimas, murieron en el combate y yo quedé prisionero de los seris. A su lado crecí, mi destreza en la caza y en la pesca y mi valor en los campos de batalla, me elevaron al rango que hoy ocupo. Te arrebaté del carro en que estabas desmayada, porque eres muy hermosa, porque te quiero más que a mis verdaderos dioses y más que al recuerdo de mis padres; antes que perderte perdería mil veces la vida. Tengo una isla llena de tesoros, soy el rey de la nación más valiente y más altiva del mundo; mi nombre es el más temido entre todas las tribus y haré de ti la reina de mis dominios y diosa de mi corazón. Lucharé con las tempestades y arrancaré al Océano perlas para adornar tu cuello, pieles a los leones para alfombra de tus pies y plumaje a las aves marinas para formar la cuna de tus hijos’ Aquel indio era, en efecto, el supremo y temido jefe de la tribu Kunkaak, el terrible y renombrado Coyote-Iguana , cuyo aduar adornaban las cabelleras de muchos jefes Comanches y cuyo nombre era conocido por todas las tribus de Sonora. Durante diez meses , Lola vivió en la más extraña y angustiosa situación imaginable: por una parte estaban sus recuerdos, su familia, su posición social y su porvenir perdido; por la otra, el ardiente amor que a pesar suyo sentía por aquel monstruo cuyas terribles caricias la horrorizaban, y en cuyos brazos desfallecía de placer, llegando hasta a besarle enloquecida. Coyote-Iguana tuvo que sostener heroicos y sangrientos combates con varios de los cabecillas seris para imponer a la tribu la soberanía de aquella reina intrusa, contra cuya adopción todos habían protestado; y el salvaje trono de Lola fue durante varias lunas acariciado por las olas del Pacífico enrojecidas con la sangre de los guerreros Kmikes. A los diez meses, Lola, que ya había sentido en sus entrañas los misteriosos estremecimientos de un ser a quien amaba con horror y con locura, dio a luz su primer hijo: ‘Entonces, dice ella misma, comprendí que de Dolores Casanova no quedaba ya en el mundo más que un triste recuerdo, y que, en lo sucesivo yo no sería ya más que la poderosa matrona Seri, esposa del temido y valeroso Jefe de la nación Kunkaak. Pasó el tiempo, Lola tuvo más hijos, poco a poco se fue habituando tolerar a las costumbres de los Seris: al principio veía con horror sus sangrientos festines, sus inmundas glotonerías, sus increíbles actos de salvajismo: más tarde, aunque con suma repugnancia, empezó a tomar parte en ellos; y por fin, la ex -Srita. Casanova llegó a 223
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