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Anexo 4 Villa, Eduardo, W. Compendio de historia del Estado de Sonora. Ed. “Patria Nueva”, p.487. México, 1937. Los seris han causado males de mucha consideración por medio del robo y del asesinato. Todavía a fines del siglo pasado asaltaban muy a menudo en el camino de Hermosillo a Guaymas a todos los viajeros, asesinándolos despiadadamente la mayor parte de las veces, y otras llevándolos cautivos a sus madrigueras, en donde los hacían los hacían sufrir horriblemente. Allá por el año de 1854, el temido Coyote-iguana, jefe de la tribu seri, llevó a cabo el rapto de la señorita Dolores Casanova, hija de un español residente en el puerto de Guaymas. Dicho episodio, verídico a toda prueba, y dado el romanticismo que encierra, es digno de ser narrado como una de tantas anécdotas, las más desconocidas, de la vida anterior de nuestras tribus. Como ya se dijo; Dolores casanova era hija de un español residente en Guaymas. Tenía 18 años de edad cuando en el año 1854 salió en viaje para Hermosillo, con algunos de sus familiares y fleteros que transportaban mercancías en vehículos de tracción animal. Una linda y refinada criatura en sus años de ilusiones, cuando todo parecía brindarle la copa rebosante de la felicidad, era como un delicado botón de rosa que entreabría sus pétalos a las caricias de la brisa; pero el destino es frío e implacable. En un punto llamado “La Palmita” el convoy fué atacado por los indios seris, y después de un reñido combate, resultaron vencedores los indios y se apoderaron del campo. Durante el combate Dolores sufrió un desmayo, y cuando volvió en sí, se encontró en los brazos de un salvaje, lejos de su convoy que se había dispersado. Llena de terror, intentó escaparse, pero captor, un guerrillero fuerte y semidesnudo, se puso ante ella de hinojos implorándole que no lo abandonara. “Yo soy –le dijo en muy regular español- el jefe de la nación seri. Fui hecho cautivo cuando muy joven, y mis padres, que eran pimas, quedaron muertos en el campo de batalla. Crecí con los seris y por mi habilidad y bravura en los campos de batalla, se me ascendió a mi presente grado. Te arrastré del carruaje donde estabas desmayada, porque eres la criatura más adorable, porque te amo, y, antes de perderte, daría mi vida mil veces. Poseo una isla llena de tesoros. Soy el rey de la nación más valiente y orgullosa del mundo. Te haré la reina de mis dominios y la diosa de mi corazón. Afrontaré las tempestades y los peligros del océano para procurarte las perlas más hermosas; con la piel de leones haré una alfombra donde descansen tus pies, y con el plumaje de las aves marinas haré la cuna de tus hijos...” Aquel indio, de hecho, era el orgulloso y supremo jefe de la tribu KunKaak, el temido Coyote-iguana, cuya peluca estaba adornada con las cabelleras arrancadas a muchos jefes comanches, y cuyo nombre era conocido por todas las tribus de Sonora. Por algún tiempo Dolores estuvo en la condición más aflictiva que pueda imaginarse; sus recuerdos, sus lazos de familia, su posición social y la pérdida de su porvenir, la hacían fácil presa de la desesperación; por otra parte, la violenta pasión 227
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