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blancura revelaron a María que aquella mujer no era seri. “Tú no eres india, le dijo, tú eres blanca, ¿por qué andas con esos infames?” La supuesta seri se acercó a María y aprovechando la circunstancia de que sus compañeras se habían alejado un poco, “soy, le contestó, Lola Casanova” y a grandes rasgos le contó su historia. Hechas las anteriores observaciones continuemos nuestro relato. Aquel indio era efectivamente el jefe de la tribu seri, llamado Coyote-iguana. Es de suponerse lo audaz y temerario que sería, ya que no obstante su carácter de cautivo impuso su autoridad, pese a la circunstancia también de pertenecer a otra tribu, supuesto que el seri siempre sintió aversión a contaminar su sangre “noble”[el entrecomillado es del autor] con la impura de otra raza. Durante mucho tiempo, Lola vivió en situación angustiosa. Al principio no pensaba sino en huir, cosa que le era imposible, sometida como estaba, a la más estricta vigilancia. La atormentaba horriblemente la nueva vida, el recuerdo de su familia, de su hogar, de su vida civilizada en contraste con la retrogradación social que había padecido. Le parecía al principio monstruosa la unión que la ligaba a un troglodita; y dentro de aquella condición desesperante el tiempo corría con su ritmo inalterable y fatal. A los diez meses vino un hijo. “Entonces, dice ella misma, según el doctor Hernández, comprendí que de Dolores Casanova no quedaba ya en el mundo más que un triste recuerdo, y que, en lo sucesivo, yo no sería ya más que la poderosa matrona seri, esposa del temido y valeroso jefe de la nación KunKaak”. Siguieron corriendo los años y fue aumentando la prole de Lola. Desde que tuvo el primer hijo se fue adaptando a las costumbres repulsivas de la tribu. Al principio veía con la más honda aversión ciertas prácticas habituales: el uso de la carne cruda descompuesta, lo mismo que del agua de los pantanos; el desuso del más elemental aseo en la persona; la falta de ropa que exponía el cuerpo a la intemperie; las prolongadas caminatas a pie descalzo; el descanso en el duro suelo por lecho, y todas las demás costumbres de tribu errante, de condición inferior, entregada al salteamiento y al pillaje; pero Dolores fue habituándose a compartir con su esposo esta ingrata convivencia, inclusive los peligros del merodeo y del combate. Lola vino muchas veces a Hermosillo. Vio de cerca en distintas ocasiones a sus parientes, bien que no podía ser reconocida por ellos, pues su tez se había oscurecido bajo la influencia del sol y la intemperie, además de llevar la cara pintada. En estos tiempos tenía a la mano la oportunidad de emanciparse de aquella vida primitiva. Esto no era ya posible. Ni renunciar a sus hijos, ni, como dice Hernández, al salvaje cariño de aquel atlético guerrero que mil veces expuso la existencia por ella y supo regar con su sangre el territorio seri para erigir un trono a la mujer amada. Además, desaparecidos estos vínculos, quizá Lola no se hubiera podido restituir a su antigua condición. Sin duda carecía ya de aptitud para la vida civilizada. El valeroso Coyote-iguana logró conservar el poder hasta edad muy avanzada contra la voluntad de la tribu; pero debilitadas extremadamente las energías y asediado de enemigos sucumbió en feroz pelea pagando con su propia vida el capricho de imponer a la tribu una reina de sangre espúrea. Dice la leyenda que los enemigos vencedores echaron a la voracidad de perros salvajes el cadáver del capitán seri, para 235

