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una ordenación estable de la interacción social. Peters (2003, 50) complementa tal idea al decir que “una institución no es necesariamente una estructura formal, sino que más bien se le entiende como un conjunto de normas, reglamentaciones, supuestos; y sobre todo, rutinas”. De igual manera Scott (2008, 48-49) plasma en su obra que las instituciones se componen de elementos regulativos, normativos y cultural-cognitivos que junto con actividades y recursos asociados proporcionan estabilidad y significado a la vida social. Esta limitación y reducción de incertidumbre de la que hablan los teóricos se encuentra lejos de ser un trazo completo que facilite la realización de cada una de las acciones de los sujetos. Es decir, para que haya solidez en el funcionamiento y resultados positivos para los ciudadanos deberán haber contrapesos, ya sea políticos, sociales o un conjunto de ambos, los cuales servirán como impedimento de que la ordenación institucional favorezca solamente a determinado sector poblacional. Dentro de las imposiciones de las que habla Douglas C. North existe una división: por un lado se encuentran las reglamentaciones formales entre las que se encuentran leyes, reglamentos hasta la misma constitución. Mientras que lo informal se va por el lado de las costumbres, tabúes, conductas… Es aquí cuando toma importancia “la tesis de la corriente de pensamiento del nuevo institucionalismo, que afirma que las ´instituciones importan´, lo que implica que son las características institucionales y no otros factores las que explican el comportamiento, desempeño o resultados finales de una actividad colectiva o gestión social” (Pineda y Briseño 2012, 183). En ese sentido, North (1993, 14-15) considera que las instituciones otorgan a la vida diaria cierta estructura que hace más sencilla la vida en sociedad. “Constituyen una guía para 14
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