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En todas estas misiones y pueblos hay casas cómodas para que viva el ministro, y de comunidad para que se hospeden los pasajeros; así mismo los indios viven en casas de adobe con puerta y muchos tienen llaves con chapa, otros cierran la puerta con una llave de palo a manera de escuadra que ellos saben hacer. Todos los pueblos que están más expuestos a las invasiones de los enemigos están cercados de pared, la que quizá es causa 233 de que no hayan perecido. Sin duda, el que los indios vivieran en casas de adobe y puertas con chapa, son indicios de la occidentalización que habían alcanzado los indios pimas y de la inseguridad que existía en la comunidad llegando al grado de amurallar los pueblos. Las misiones amenazadas por los rescatadores. Una queja constante en los informes de los misioneros, fueron las constantes visitas de los rescatadores o comerciantes a los pueblos, con el afán de intercambiar sus mercancías por las cosechas de las siembras familiares de los indios. De manera indirecta, podemos considerar ésta una forma de empobrecimiento de los indios y de las misiones, en el sentido que los rescatadores abusaban de la disposición de los indios por intercambiar sus bienes materiales, ya que los bienes recibidos por parte de los rescatadores, no cubrían el valor establecido en moneda corriente con los productos de los indios, dando a cambio en la mayoría de las veces, enseres no necesarios y de dudosa calidad, además, se volvió común que los comerciantes adelantaran bienes a los indios, comprometiéndolos a entregar el producto de la próxima cosecha. Lo malo del trueque realizado por los indios, según los misioneros, era que se quedaban sin semillas para sembrar en sus milpas, por lo que el padre tenía que hacer uso de las semillas almacenadas en la troje de la misión, para sus siembras y aún para alimentarlos. Podríamos pensar que la acción comercial realizada por los indios, era del sentido común, ya que por trabajar en la misión sólo recibían comida tres veces al día. Pero los excedentes de las siembras del común, iban a parar a la administración del misionero, quien los canalizaba a la compra de telas y regalos para los indios una vez al año, asegurando la semilla del siguiente ciclo y la comida para los mismos. Y el resto se invertía en aperos de 233 Gómez, 56.

