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No se explica fácilmente la circunstancia de que se formase lo que se llamaba entonces “tren de carros”, para reunir numeroso grupo de gente que iba prevenida y con armas de fuego, y que fuese derrotado por los seris armados con arcos. O estos formaban legión, lo que ya no se lograba, pues en aquel tiempo la tribu se había reducido grandemente, o la expedición no se componía de “tren de carros”, es decir, el grupo de transeúntes era exiguo. La joven Casanova durante el asalto, poseída del más intenso pavor perdió el sentido. Cuando volvió en sí se encontró en brazos de un fornido salvaje que la contemplaba amorosamente. Según la versión del doctor Hernández, quien olvidando por un momento que hacía historia, y además, llevado de su poderosa imaginación, el guerrero indio dijo a Lola: “Soy el jefe de la nación seri, cautivo de la tribu desde muy joven; mis padres, que eran pimas, murieron en el combate y yo quedé prisionero de los seris. A su lado crecí; mi destreza en la caza y en la pesca y mi valor en los campos de batalla, me elevaron al rango que hoy ocupo. “Te arrebaté del carro en que estabas desmayada, porque eres muy hermosa; porque te quiero más que a mis verdaderos dioses y más que al recuerdo de mis padres. Antes que perderte perdería mil veces la vida. “Tengo una isla llena de tesoros. Soy el rey de la nación más valiente y más altiva del mundo. Mi nombre es el más temido entre todas las tribus y haré de ti la reina de mis dominios y la diosa de mi corazón. “Lucharé con las tempestades y arrancaré al océano perlas para adornar tu cuello; pieles a los leones para alfombra de tus pies y plumaje a las aves marinas para formar la cuna de tus hijos...” Hasta aquí la cálida y elocuente peroración del caudillo seri ofreciendo a Dolores la corona del trono trashumante de la tribu vandálica, sin más dominios que la tierra que pisaba con sus pies descalzos. Desventurada Dolores que había de trocar su reinado auténtico, porque en su hogar era reina, por el de la tribu errante. Desventurada Dolores que había de dejar la dulzura, la tranquilidad, el consentimiento y mimo de la casa paterna, para adoptar vida salvaje, sin más cobijo que un “ramajo” seco que no se asemejaba siquiera al jacal indio sedentario. Nos parece por demás estilizado el lenguaje del capitán de los seris, dizque reproducido en confidencia por Lola muchos años después, para ser recordada tal confidencia al cabo de dieciocho años por una ruda campesina. En efecto, nos cuenta el doctor Hernández que en una de sus expediciones al territorio seri, esto es, la costa del distrito de Hermosillo, se encontró en el rancho de “San Vicente”, propiedad de don Pedro Dessens, a una antigua sirvienta llamada María Valdés. Esta le relató que encontrándose, dieciocho años antes, en un rancho del expresado señor (obsérvese que María hace historia ya finalizando el siglo pasado quizá en 1899 o 1900), llegó al lugar un grupo de mujeres de la tribu seri. Al sentarse una de ellas junto al pozo, descubrió descuidadamente su muslo, cuya belleza y 234

