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Hay tres componentes que definen los fenómenos de las crisis, la amenaza, la urgencia y la
incertidumbre. Las crisis se producen cuando los valores fundamentales o los sistemas vitales
de una comunidad se ven bajo amenaza, valores ampliamente compartidos como la
seguridad, el bienestar y la salud, la integridad y la equidad se convierten en algo inestable
como resultado de la violencia , la destrucción, el fracaso de las políticas u otras formas de
adversidad. Sin embargo, el tamaño de la amenaza no se puede derivar contando el número
de cuerpos o la cantidad de daños materiales, pues los impactos psicológicos y sociales varían
en función de las expectativas culturales sobre las percepciones de orden y la seguridad que
están establecidos entre las diferentes comunidades y organizaciones políticas, y en función
de la cultura de la prevención y la experiencia previa para manejar crisis (Quarentelli, 1998);
(Perry & Quarentelli, 2005).
El sentido de urgencia se experimenta cuando se deben tomar decisiones en contra del
tiempo y bajo la presión de múltiples factores como las demandas sociales y los medios de
comunicación. El sentido urgente de una catástrofe invita a actuar inmediatamente con los
recursos que se cuenten, y el grado de preparación influirá decisivamente en el sentido que
se le confiera a la urgencia.
En una crisis, la percepción de amenaza se acompaña de un alto grado de incertidumbre y
ésta se refiere tanto a la naturaleza, como a las consecuencias potenciales de la amenaza en
desarrollo. Aunado a estos tres elementos, la literatura de las crisis también ha establecido
dos hechos alrededor de los desastres y las crisis: la primera es que un desastre será siempre
un evento político (Olson & Gawronnsky, 2003). Primero porque la sola ocurrencia de una
catástrofe evidencia que algo falló, fallaron los políticos o fallaron las políticas (Birkland,
1997). Y segundo porque la atención de la gente se posa sobre los líderes y su respuesta a la
tragedia; el evento está en la mira de todos.
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