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Algunos autores afirman que ninguna tragedia es fortuita y que el simple análisis de las

                  prácticas políticas es el mejor predictor de éstas (Blaikie ; Canon ; Wisner, 1996).



                  La segunda es que una crisis es generalmente un agente de cambio (Birkland, 1997) , pues

                  regularmente  trae  consigo  procesos  de  transformación,  que  siempre  van  ligados  a  la


                  evaluación de la situación legal, política y social. Este proceso implica cambios no sólo en

                  las políticas y el manejo de éstas, sino también en los gobiernos, por lo que se afirma que una


                  catástrofe siempre viene seguida de un proceso de inestabilidad política (political unrest)

                  que genera cambios (Olson & Drury, 1997 ).  Algunos autores ven a los desastres como


                  “coyunturas críticas” (Olson & Garownsky, 2003) que redefinen cursos políticos, sociales

                  e incluso históricos, es por eso que se afirma que las crisis no tienen temporalidad, pues sus

                  efectos e implicaciones son totalmente impredecibles.





                  1.2.1. La construcción simbólica de las crisis y el discurso político


                  Una crisis siempre conlleva una construcción simbólica (Hart, 2007) y se convierte en el


                  dominio de múltiples realidades y cogniciones contradictorias, por lo tanto, por quién, cómo

                  y  por  qué  un  evento  es  percibido  como  una  crisis  siempre  será  objeto  de  diferentes


                  interpretaciones. Lo que realmente define a una crisis, son los juicios de valor y no el evento

                  en sí mismo que la desató (Boin & Hart, 2009). Martin Barbero lo explica de otra manera,

                  “la chispa de la protesta por los tóxicos, no salta desde los tóxicos, sino desde la definición


                  de toxicidad. Sólo quien define los límites de la inocuidad y la tolerancia de los tóxicos,

                  establece valores, límites, amenazas aceptables y riesgos subyacentes (Barbero, 2001). La


                  interpretación de las crisis depende de la percepción que los líderes políticos tengan sobre la

                  magnitud de los eventos, el grado en que se vean afectados y las oportunidades que se tengan


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