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la invasión estadounidense que termina con la firma del Tratado Guadalupe-Hidalgo en
1848, dónde México perdió la mitad del territorio. Esta última etapa, representa el vacío
historiográfico en la trayectoria del personaje, por lo tanto, destaca el apartado porque da
antecedentes de su desempeño al mando de la Brigada de Observaciones y la gestión como
comandante de Tamaulipas, poco antes de su fallecimiento (1995, 152-175).
La autora se deja llevar por la admiración al personaje y confronta que sea llamado
el eterno rebelde, porque considera que fue un hombre de las circunstancias, que luchó por
el estado de derecho y se regía por el principio de que los gobiernos fueron dados por la
gente y no la gente a los gobiernos.
Por su parte, Armando Quijada Hernández elabora una panorámica general de la
política sonorense durante la primera mitad del Siglo XIX, donde afirma que los militares
de origen criollo generalmente destacaban en la política por formar parte de alguna logia
masónica y considera que José Urrea formó parte del rito escocés en la década de 1820 y
del rito yorkino en la siguiente, de tendencia liberal, republicana y federalista (1996, 313-
327). Con una visión nacionalista reseña el conflicto Gándara-Urrea, respecto al
pronunciamiento en 1840, se limita a señalar que fue posible porque conservaba prestigio e
influencia por su valor e inteligencia y en su balance del gobierno urreista en Sonora,
concluye que su prioridad era establecer una renegación política, pero sus enemigos lo
acusaron de procurar la independencia y separatismo del territorio (1985, 62, 76-92).
Desde otra perspectiva, autores críticos a sus acciones, como Carlos María de
Bustamante; que le denota antipatía especial, lo considera un personaje ambicioso al que
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19 Otros contemporáneos que registran de manera somera la práctica del pronunciamiento que realiza José Urrea son
Francisco de Paula de Arrangoiz, Frances Erskine Inglis Calderón de la Barca y José María Carbajal.
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