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del contexto histórico-social en el que se experimenten los fenómenos morbosos; así una
sociedad teocéntrica buscará explicaciones vinculadas con sus deidades, mientras que una
sociedad materialista procurará respuestas de acuerdo con eventos tangibles (Márquez 1994,
107, Ortiz 1985, 13-26).
Durante el siglo XIX, temporalidad de este trabajo, convivieron al menos cuatro
explicaciones causales de las enfermedades: 1) castigo divino, 2) factores físicos, 3) factores
internos (constitucionales) y 4) explicaciones microbianas. Es importante considerar que si
bien existía un conocimiento médico dominante (muy cercano a lo “científico” o microbiano)
que determinaba las características de las acciones sanitarias, éste no limitó la
implementación de estrategias que respondían a concepciones no microbianas. Al respecto,
Ruy Pérez Tamayo (1998, 18) señala que lo que se pierde con la evolución de las ciencias
biológicas, es “bien poco, sobre todo cuando se compara con lo que se conserva, se acumula
y se incorpora”. Esta diversidad de concepciones de la enfermedad (y por lo tanto de la salud)
resulta útil para comprender los diferentes obstáculos que enfrentaba, por ejemplo, la
aplicación de la vacuna contra la viruela, que es uno de los ejes de esta investigación.
Uno de los retos del estudio histórico de las enfermedades es considerar los cambios
semánticos, por ello la semántica documental es una técnica indispensable para utilizar las
fuentes en “epidemiología histórica”. Hasta el siglo XVII, por ejemplo, “histeria” significaba
enfermedad del útero y “reuma” era un flujo o corrimiento de los humores. De igual manera,
en la documentación del siglo XIX, las muertes por tuberculosis aparecen dispersas en más
de un centenar de términos (López Piñero 2000). Acerca de la dificultad para interpretar con
términos médicos actuales las causas de defunción anotadas en los registros parroquiales o
civiles, Josep Bernabeu (1991, 73) advierte:
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