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culturales,  geográficos,  etcétera,  responsables  de  los  diversos  ritmos  y  modalidades  que

                  caracterizan el devenir histórico de las poblaciones”.


                         El estudio de las enfermedades en sus distintos contextos espaciales y temporales,

                  continúa  Bernabeu  (1991,  68),  requiere  de  conceptos  y  métodos  desarrollados  por  otras


                  disciplinas, tales como la historia económica, social, cultural  y muy especialmente de la

                  historia social de la medicina y la demografía histórica. Este señalamiento coincide con la


                  necesidad de multidisciplinariedad que se vislumbraba en la entonces naciente demografía

                  histórica. En 1969, T.H. Hollingsworth (Saito 1997, 195) describió al “historiador ideal de la

                  demografía” en los siguientes términos:


                         Necesitaría tener un profundo sentido de la historia y un control de todo el
                         conocimiento  y  recursos  de  la  demografía  moderna,  estar  completa  y
                         minuciosamente familiarizado con los métodos y descubrimientos de cada
                         sistema nacional de censos y registros vitales en el mundo. Debería estar
                         versado  en  economía,  sociología,  prácticas  religiosas,  arqueología,
                         antropología, climatología, epidemiología y ginecología; debería conocer las
                         técnicas matemáticas propias del estadístico, igual que podría formular por
                         su cuenta algunas innovaciones.


                         Este historiador ideal y este tipo de historia, si bien son deseables porque buscan


                  generar una explicación que considere todos los elementos que intervienen en el objeto de

                  estudio, son difíciles de desarrollar, entre otros aspectos por las restricciones que imponen


                  las fuentes documentales y el tiempo disponible para elaborar una investigación histórica.

                  Por lo anterior, la recomendación de Hollingsworth debe leerse como una prevención, una

                  alerta para evitar cualquier intento de estudiar la historia de las dinámicas poblaciones de


                  manera  aislada,  con  independencia  de  los  aspectos  sociales,  políticos,  económicos  y

                  culturales de estos grupos.


                         En sintonía con los señalamientos de Josep Bernabeu (1991) y T.S. Hollingsworth

                  (Saito 1997), el modelo histórico-epidémico de Gabino Sánchez (2002, 137-141) recupera la


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