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inconvenientes, salvo en casos de aumentos en la calentura y ansias con la orina “muy gruesa

                  y colorada”. Las purgas, método común para atender distintas enfermedades durante esta


                  época, se recomendaban sólo para “muy al principio”, antes que existiese certidumbre de las

                  viruelas (Esteyneffer 1978, 504-505).


                         Las “medicinas específicas” atendían los principales signos y síntomas atribuidos a

                  la viruela: tos, dolor de garganta, irritación de ojos, afectaciones en la tez o el cutis, cicatrices,


                  prurito y “llagas malignas”. La tos se combatía, entre otras opciones, con jarabe de culantrillo

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                  de pozo y el chupe de orozuz  o pastillas de boca. Para defender a la garganta el Florilegio
                  recomendaba gargarizar con el cocimiento de cebada y hojas de llantén, encino, cáscaras de


                  tepeguaje, rosa seca o flor de la granada, que debía ser complementado con zumo de granadas

                  agrias, moras o limón. Los ojos se atendían lavándose con agua de llantén y rosa, con un


                  poco de azafrán o aceite de la clara de huevo batida. Ante la erupción de viruelas en los ojos

                  se sugería la aplicación de “gotas de sangre recién sacada de un ala de las palomas”. Advertía


                  “tener mucho cuidado que no se refrieguen los ojos (…) pues muchos se ciegan o quedan

                  con lacras por toda su vida” (Esteyneffer 1978, 504-507).


                         Con respecto a las afectaciones cutáneas, se recomendaba evitar lavar con “cosas

                  astringentes”, dejar que evolucionara el grano y cuando éste tuviese el centro blanco, lo cual


                  ocurría alrededor del noveno día de la aparición de las viruelas, se debía untar (suavemente,

                  con una plumita) aceite de almendras dulces, enjundia (grasa) de gallina o mantequilla fresca

                  de vaca. Las cicatrices eran un elemento distintivo entre los sobrevivientes a la enfermedad,


                  para que estas señales “no afeen tanto la cara”, el Florilegio sugería la unción de “sebo de



                  20  El Diccionario de autoridades de 1726-1739 (RAE 2016) la describe como “mata que produce las ramas de
                  dos codos de alto, acompañados de muchas hojas grasas, pegajosas y semejantes a las del lentisco. Su flor es
                  como la del jacinto y el fruto del tamaño de las pelotillas del plátano, aunque más áspero: el cual tiene ciertos
                  hollejos, como los de las lentejas, pero rojos y pequeños. Sus raíces son largas y de color de box, como las de
                  la genciana, dulces, y algún tanto acerbas al gusto”.

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