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                  Esteyneffer,  cuya  primera  edición  se  realizó  en  1712,   describió  a  la  viruela  de  forma
                  pormenorizada,  distinguiéndola  del  sarampión  a  partir  de  las  características  de  las


                  erupciones. Este asunto es importante porque permite inferir la existencia de un cierto de

                  grado de conocimiento de la enfermedad, el cual dota de relativa exactitud o confiabilidad


                  las referencias de los brotes epidémicos durante el siglo XVIII y XIX. El misionero jesuita

                  señaló la existencia de dos géneros de viruelas: aquellas en las que “sólo se pudre lo más


                  impuro de la sangre” y otras en las que existe “corrupción en la misma sangre”. Las primeras

                  se curan con “guarda”, “mediano abrigo” y aislamiento de “todo aire destemplado”. Las

                  segundas, también llamadas “peligrosas”, venían acompañadas de calentura y “respiración


                  difícil”,  y  requerían,  además  de  esos  cuidados  básicos,  de  medicinas  y  otras  medidas

                  correctivas (Esteyneffer 1978, 503-504).


                         El Florilegio fue una obra de amplia difusión durante la época colonial, se editó en

                  cuatro ocasiones durante el siglo XVIII (1712, 1719, 1729 y 1755). Aunque diferenciaba al


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                  sarampión y la viruela, para ambos ofrecía la misma “cura general”:  el abrigo y cuidado de
                  los vientos debía complementarse con “paños colorados” y la convivencia con una oveja o


                  carnero vivo en la vivienda o aposento del enfermo, pues se creía que este animal atraía

                  “fácilmente” lo “maligno de la enfermedad”. La bebida recomendada era agua ordinaria de


                  cebada cocida, raspadura de asta de venado o lentejas, las cuales podían complementarse con

                  higos  curados  y  jarabes  agrios  de  limones  o  granadas.  Las  sangrías  se  referían  como




                  18   María  del  Carmen  Anzures  y  Bolaños  (1978, 3)  refiere que  la  obra  es  una  “recopilación  que  refleja  el
                  pensamiento  y  la  práctica  médica  de  la  segunda  mitad  del  siglo  XVII  y  comienzos  del  XVIII  en  Europa,
                  adaptada a las exigencias y particularidades de Nueva España, y enriquecida con el conocimiento y la práctica
                  de la medicina novohispana y mestizo-indígena”. El Florilegio es una síntesis de los conocimientos acerca de
                  las  enfermedades,  producto  de  la  experiencia  de  este  misionero  jesuita  durante  trece  años  en  el  noroeste
                  mexicano, especialmente en los actuales estados de Sonora, Sinaloa, Chihuahua y Baja California.
                  19  Además de la cura general, ambas enfermedades compartían los auxilios divinos de San Marcial obispo, San
                  Francisco Xavier y Santa Rosalía, los cuales eran “abogados de las viruelas y sarampión” (Esteyneffer 1978,
                  503).

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