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71 Así, exigir a la historia del pensamiento una solución a nuestros propios problemas inmediatos es cometer no simplemente una falacia metodológica, sino algo así como un error moral. Pero aprender del pasado –y de lo contrario no podemos aprender en absoluto- la distinción entre lo que es necesario y lo que es el mero producto de nuestros dispositivos contingentes es aprender la clave de la autoconciencia misma (Skinner 2007b, 164). Skinner tiene un pleno respeto sobre la distancia temporal de cada pensamiento y acción, está convencido de que el pensamiento debe ser entendido estrictamente bajo su contexto y no debe ser trascendido más allá de su tiempo. El historiador debe ser consciente de las diferencias entre los contextos y las formas de pensar de cada momento para evitar errores que puedan injustamente catalogar a determinado autor u obra dentro de una tendencia en la que él nunca pretendió estar, y evitar también que su obra sirva para otros fines ideológicos para los cuales no fue creada. El historiador de las ideas que construye Skinner es aquel que conoce la epistemología y los usos del lenguaje tanto de su propio pensamiento como del pensamiento de tiempos pasados; es aquel, también, que primero analiza plenamente el contexto antes de proponer la trascendencia de un pensamiento como parte de nuestra fundamentación intelectual política o de interpretación ideológica adaptable a los asuntos vigentes del interprete. De esta forma, como bien señala John Pocock, se presenta la emergencia de un método verdaderamente autónomo para el estudio del pensamiento político donde el contexto define lo que fue. Es precisamente la llegada del análisis lingüístico la que ayuda a liberar la historia del pensamiento político convirtiéndola de una historia de sistematización a una de uso lingüístico (Pocock 1989, 11-12).
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