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93 las pretensiones temporales del papado aparecieron en grave discordia con las ideas originales e instituciones de la Iglesia primitiva. A través de la relectura humanista de la Biblia se revolucionaron las relaciones entre Iglesia y autoridades del norte europeo (Skinner 1993, 1:238). Es importante resaltar el cuidado que Skinner, a lo largo de su extensa obra, tiene respecto a los problemas específicos de cada región o espacio; en este caso, el norte de Europa se encuentra en una situación política distinta a la del sur, donde la producción intelectual se dirigirá a inquietudes diferentes y el lenguaje adquirirá nuevos términos, usos y propuestas. Para los humanistas del norte, el más grave peligro a la salud política surge cuando el pueblo desdeña el bien de la comunidad en general y se preocupa tan sólo por sus intereses individuales o faccionales. Para intelectuales como Thomas Starkey (1495-1538), Buonasccorso da Montemagno (1391-1429) y Lawrence Humphrey (1527-1590), sólo la virtud cívica y la nobleza podían asegurar el bienestar. Pero Erasmo ofrece una afirmación particularmente clara de este conocido diagnóstico al comienzo del El príncipe cristiano. El primer precepto que establece es que “una idea” debe “interesar a un príncipe gobernante” así como “interesará al pueblo al elegir su príncipe”: que “el bien público, libre de todos los intereses privados” debe protegerse y mantenerse en todo momento (Skinner 1993, 1:248). La falta de interés en el bien público era generalmente reconocida como el rasgo más corrompido y corruptor de la época. Para Skinner, autores como Erasmo, Colet y Moro, estuvieron unidos por su deseo de protestar contra la difundida suposición de que la esencia del cristianismo sólo consiste
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