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Partimos entonces, del concepto de sexualidad que presenta Weeks: El resultado de distintas prácticas sociales que dan significado a las actividades humanas, de definiciones sociales y autodefiniciones, de luchas entre quienes tienen el poder de definir y reglamentar contra quienes se resisten. La sexualidad no es un hecho dado, es un producto de negociación, lucha y acción humanas (Weeks 1998, 30). La transformación del dispositivo de la sexualidad, deviene en un sistema complejo de significados, prácticas y relaciones sociales, a través de los cuales, el género como dispositivo de poder juega un papel importante en la definición de tales prácticas. El género y la sexualidad guardan una estrecha conexión, en la medida en que las prácticas y valores sociales de la sexualidad guardan relación con un modelo hegemónico masculino (López Gómez 2002, 2). El dispositivo de género es una de las clasificaciones más importantes que se produce socialmente y consiste en las diferencias entre el ser hombre y el ser mujer en sociedad. Es una categoría analítica que data de años recientes, aborda los sistemas de relaciones sociales o sexuales, siendo así una “forma primaria de relaciones simbólicas de poder” (Scott 1996). A estas formas sociales es necesario añadirle, como recomienda Scott, las diferencias que distinguen a los sexos. El género parte del estudio de las relaciones sociales tomando como referencia la diferencia sexual (ibíd.), que se presenta a través de normas, valores, estereotipos, creencias y que los agentes reproducen a través del habitus, con una intencionalidad sin intención, que contribuye al mantenimiento de la dominación y el orden social. A través de la familia, como primera instancia de socialización, se transfieren los modelos de ser hombre y mujer que la sociedad considera apropiados, siendo la depositaria de los discurso de la sexualidad que moldea el cuerpo, prescribe su comportamiento, sus posibilidades, límites y normas (Ramírez 2001; Morgan et al. 2005). Es este sentido que 43

