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El estudio de las enfermedades epidémicas brinda el acercamiento a un fenómeno de

                  naturaleza colectiva, en el que la sociedad está expuesta a un elemento externo que modifica


                  sus rutinas y pone en riesgo su vida. La enfermedad evidencia sus impotencias, capacidades

                  y temores. Como lo señala Lourdes Márquez (1994), durante su ataque, no sólo el sujeto está


                  enfermo ni únicamente muere el individuo, también se enferman y mueren o reestructuran

                  las familias, los barrios o las ciudades. La enfermedad, examinada como un proceso mediante


                  el que se “pierde” la salud y se realizan acciones de atención para “recuperarla”, posibilita

                  analizar distintas dimensiones, las cuales van desde lo estrictamente cuantitativos hasta lo

                  cualitativo  o  cultural.  Gabino  Sánchez  (2002,  139)  señala  que  “las  epidemias,  como


                  acontecimientos  históricos,  son  instrumentos  metodológicos  que  permiten  a  los

                  investigadores comprender mejor lo que acontecía en algunas sociedades del pasado (…)


                  [pues]  desencadenan  una  serie  de  múltiples  fenómenos  que  merecen  un  estudio

                  multidisciplinario”.


                         Un  episodio  epidémico,  señala  François  Delaporte  (2005)  revela  las  estructuras

                  sociales, es un caleidoscopio donde se combinan diversos elementos del tejido social, ahí


                  radica la riqueza de su análisis. Por otro lado, el estudio numérico de la muerte resulta “frío,

                  irrelevante” (Peset y Peset 1972, 15), por ello de poco sirve el cálculo de tasas e indicadores


                  alejados del contexto, de la descripción de las respuestas individuales y colectivas ante estos

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                  acontecimientos.







                  13  En sintonía con Peset y Peset (1972), David Sven Reher (2000, 65) llama a priorizar el análisis por encima
                  de la aplicación de técnicas estadísticas: “El público que lee historia de la población es básicamente un público
                  de historiadores y, en menor medida, de estudiosos de las ciencias sociales. Buena parte de este público lector
                  no comprende o lee con mucha dificultad estudios que contienen técnicas sofisticadas de análisis estadístico. Si
                  la nueva demografía histórica no tiene esto en cuenta, podría perder su contacto con la base real de interés en
                  ella. De producirse podría suponer una gran pérdida para la disciplina y posiblemente su condena al ostracismo”.

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