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125 utópicos no sean cristianos tan sólo sirve, según esta interpretación contextualista, a intensificar el compromiso esencialmente erasmiano de Moro y a hacer resonar una característica nota de ironía. Moro lleva el argumento a su conclusión lógica, implicando que es posible ser un perfecto cristiano sin el menor conocimiento de la Iglesia ni de sus dogmas (Skinner 1993, 1:260). Con el contextualismo skinneriano ya no encontramos un Moro utópico que mira ingenuamente el pasado, sino un gran crítico de su época y de su contexto; que al igual que Maquiavelo, está refutando esos ideales cristianos de la Iglesia que no han llevado al bienestar de la ciudadanía y de sus territorios. Haciéndolo con un estilo muy diferente de escritura la cual se nos revela en su esencia histórica gracias al contexto de Skinner. En Skinner, una de las claves para comprender el significado de Moro es el hecho de que también encarna la crítica más radical del humanismo escrita por un humanista, aún cuando en la Utopía es indiscutible una aportación importante a la teoría política del Renacimiento del norte (Skinner 1993, 1:284). Es así como a través de un contexto con carácter intertextual se rescata el valor histórico del sujeto y de sus textos, y también se mantiene un preciso cuidado sobre las interpretaciones o aportaciones con las que se pretenda etiquetar al sujeto. El principal interés de Moro al atacar a la aristocracia hereditaria parece, antes bien, cuestionar la filosofía social indebidamente confortable de sus compañeros humanistas. Como hemos visto, casi todos habían argüido que la virtud debe considerarse como la única nobleza verdadera, pero después habían entibiado el radicalismo de su afirmación añadiendo que las virtudes, tal como son las cosas, suelen manifestarse más entre los miembros establecidos de las clases gobernantes. Así, había tendido a concluir que la realización de una república virtuosa no sólo es compatible sino que en realidad presupone el mantenimiento del “grado, prioridad y lugar”. En contraste, Moro insiste en que si verdaderamente nos preocupa establecer una república virtuosa, hemos de abandonar la pretensión de que nuestros actuales nobles son hombres de alguna nobleza verdadera, y

