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128 hará una lectura radicalmente contraria desembocando en una nueva concepción del hombre, de la sociedad y de su organización. Lutero arguye que si la Iglesia no es sino el Gottes Volk (pueblo de Dios), tiene que ser “una pieza de engaño e hipocresía” afirmar que “Papa, obispos, sacerdotes y monjes son llamados el estado espiritual; mientras que príncipes, señores, artesanos y granjeros son llamados el estado temporal” (Skinner 1993, 2:17). Skinner nos hace ver un sujeto inquieto por las cuestiones morales en una época en que la moral y religión dominaban la vida política e institucional. Lutero pues, en similitud con Maquiavelo, rechaza y prácticamente destruye el discurso católico de jerarquías y de la relación del hombre y de Dios. Para Skinner, la intensión de Lutero es abolir todas esas falsas dicotomías, e insiste en que “todos los cristianos son verdaderamente el estado espiritual” ya que pertenecen a él no en virtud de su papel o rango en la sociedad, sino tan sólo en virtud de su igual capacidad para la fe que les hace a todos igualmente capaces de ser un “pueblo espiritual y cristiano” (Skinner 1993, 2:17). Es así como Lutero retoma los orígenes del cristianismo primitivo para fomentar una religión sin jerarquías y basada en las acciones y convicciones colectivas. Seguramente Lutero no pretendía ser el teórico de la separación entre Iglesia y Estado, ni sentar las bases para una forma de ideología política y constitucionalismo, pero sus aportaciones serán retomadas para la construcción lingüística del vocabulario moderno. En esa crítica radical, Lutero da un cambio de paradigma, derrumbando todo el discurso y hegemonía del catolicismo en la Europa del norte y fundamentando una nueva cosmovisión del hombre con Dios, sin intervención de ninguno actor que se adjudique ser representante divino. Lutero le devuelve al hombre su condición política autónoma,

