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Los castigos en la misión. La aplicación de los castigos de manera directa a los indios fue negada para los misioneros, ellos sólo podían informar de sus faltas a las justicias indios o en último caso a los oficiales españoles residentes en regiones cercanas a las misiones. Los misioneros asumían una actitud paternalista hacia los indios, haciéndoles sentir que eran ellos las únicas personas que entendían el sufrimiento, y que debían pagar por sus registrados de acuerdo a las enseñanzas de la doctrina. Finalmente el padre misionero asumía el papel de protector negociando o deteniendo el castigo ante sus verdugos, como el gobernador indio o el teniente en turno haciendo el papel de padre agobiado por el dolor de su hijo flagelado. 179 Con esta acción el misionero esperaba la obediencia y el sometimiento del indio, que a la vez servía de escarmiento a los otros. Además reforzaba su carácter como representante de la máxima autoridad en los pueblos de misión, con facultad de ordenar al justicia mayor y al gobierno indígena dar y condonar castigos. De tal manera, el miedo resultó una constante en el proceso de aculturación de los indios. Los castigos físicos a los indios, representaron riesgos que tenían que ver con la formación de nuevas reducciones y la permanencia de los indios evangelizados en la misión, esto es en el aspecto espiritual. En lo material existió una libertad relativa con respecto a la obligación de trabajar, tan sencillo como si no trabajaban las tierras del común, no tenían derecho a la repartición de las cosechas y en el caso de las milpas familiares eran propias siempre y cuando las cultivaran. En lo general, las misiones de frontera debían servir de ejemplo a los indios gentiles que se acercaban a los pueblos para lograr convencerlos de ser hijo de la misión, lo que implicaba una serie de obligaciones diarias que los misioneros y gobernadores indios imponían poco a poco a los nuevos prospectos, sobre todo el trabajo que era lo primero 179 Almada, “et al”, 243-244.

